Una Vida De Verdadera Alegría

joy-2XXXII Domingo ordinario: 11-6-16

La Paz Sea Con Ustedes,

La instrucción que hemos estado recibiendo acerca de cómo es que debemos de cultivar la bondad de nuestro índole llego a su culminación el pasado fin de semana en la historia de Zaqueo.  La razón por esto es que, como vimos, de cierta manera, la historia de Zaqueo es también nuestra historia.  Al igual que Zaqueo todos luchamos para mantenernos por encima de las distracciones de la multitud a fin de mantenernos enfocados en lo único que realmente importa y en lo único que puede traernos la felicidad, nuestro Dios.  Ya que existimos en un mundo caído, a todos nos falla y quedamos cortos de alcanzar la marca de vez en cuando, todos pecamos permitiendo que otras cosas o personas se interpongan entre nosotros y nuestro Creador, y a la medida en que permitimos que esto suceda, no experimentamos la vida al máximo.  Esto fue ejemplificado cuando Zaqueo cedía a la tentación de tomar ventaja de su posición como recaudador de impuestos para aprovecharse de sus vecinos de vez en cuando. Sin embargo, con todas sus faltas, las Escrituras otorgan a este hombre un nombre que indica la pureza.  La razón por esto, como vimos, es que aunque caído, Zaqueo quería más que nada superar a la multitud apara poder ver a su Dios, en otras palabras, al menos en ese momento, su deseo era puro, era puro de corazón, y sus deseo fue satisfecho en alineación con la promesa de nuestro Señor (Mateo 5:8).  De hecho, como nuestro Señor les dijo a los que estaban en la escena, “Hoy ha llegado la salvación a esta casa…(Lucas 19:9), la salvación no era otra cosa más que ver a Dios y estar en perfecta relación con El, y con todos los demás, como se ejemplifico en la disposición de Zaqueo al querer arreglar las cosas con los que se había aprovechado (Lucas19:8), pues como ya sabemos, estos dos tipos de relaciones no se pueden separar (Mateo 25:40 y 45).  Este fin de semana, continuamos explorando el tema de la salvación y lo que significa para nosotros ser salvados.

En términos cristianos, la salvación consiste de estar en perfecta comunión con Dios. Esto ocurre, por supuesto, a través de la muerte, resurrección y asunción de Jesucristo, Quien, como verdadero Dios y verdadero hombre, reconcilio a toda la creación con Dios dentro de Su misma Persona, ‘haciendo la paz a través de la sangre de la cruz’ (Colosos 1:20), como nos lo dice San Pablo.  Esto es muy a menudo donde nuestra comprensión de la salvación se pone un poco borrosa.  Para por un momento y pregúntate ¿Cómo experimento yo la salvación? ¿Cómo relaciono el sacrificio de amor realizado en la cruz? Para muchos de nosotros, la cruz nos parece algo muy distante, algo que tuvo lugar hace dos mil años, y aquí radica el problema cuando pensamos de la salvación.  Debido a los acontecimientos históricos que afectaron nuestra salvación (i.e. la vida, muerte resurrección, y ascensión de Jesucristo) ocurrieron hace muchos años, casi inmediatamente colocamos nuestra salvación en algún lugar en el futuro improvisto, como algo que ocurre cuando morimos.  Esto es problemático ya que esto nos empuja a concebir de la salvación como algo que hay que esperar en lugar de perseguir activamente, y en vez necesariamente nos priva de alguna experiencia concreta de salvación.  Esto es triste y equivocado, como vemos en las palabras que Jesús le dijo a Zaqueo en el Evangelio del pasado domingo.  Miren lo que nuestro Salvador le dice, “Zaqueo, baja en seguida, pues hoy tengo que quedarme en tu casa,” (Lucas 19:5) y después le dice a la multitud, “Hoy ha llegado la salvación a esta casa…” (Lucas 19:9).  Hoy es el día de la salvación, no mañana, no en diez, veinte, treinta, o en cien años, ¡HOY! ¿Por qué? Porque Zaqueo se ha reunido hoy con Jesús, y así es también con nosotros cuando encontramos a nuestro salvador por el camino que viajamos.  Ahora, seguro que nuestra salvación no está completa en esta vida, sino que será perfeccionada  en la vida venidera, como lo ha dicho nuestro Señor cuando menciona la resurrección que tendrá lugar en la era venidera cuando ya no habrá muerte’ (Lucas 20:35 y 36), una era en la que nada puede separarnos de Dios, ni por un solo instante.  Por lo tanto, existe una tención aquí, estamos en un estado de “ahora, pero aún no.” En otras palabras, experimentamos la salvación hoy, pero todavía no está completa. Y así es que nos enfocamos en la resurrección en nuestras lecturas para este día.  Debe quedar claro que no experimentamos la plenitud de la salvación a este lado de la eternidad, pero también debemos aclarar que somos capaces en algún sentido y a cierto grado  poder experimentar la salvación aquí y ahora.  La pregunta es ¿Cómo?

En su obra, De Trinita te, San Agustín habla del impacto de la muerte y resurrección de Cristo en términos de una proporción de 1:2.  Como continua a explicar, la única muerte de Jesús se relaciona con nuestra doble muerte, primero con respecto al alma y en segundo lugar con respecto a la muerte del cuerpo.  Igualmente se relaciona la única resurrección de Jesús a nuestra doble resurrección, primero con respecto al alma, que en cierto sentido al unirse a la espiritualidad cristiana ya experimenta la resurrección al unirse a El Quien ya está sentado a la mano derecha del Padre, y en segundo lugar, con respecto al cuerpo el cual en la era venidera ya no experimentara la muerte (De Trinita te, libro 4.5-6; cf. Lucas 20:34-36).  Por lo tanto lo que Agustín nos ayuda a ver es que en Cristo, ya hemos experimentado la muerte y la resurrección en las aguas del bautismo.  Entrando en el agua morimos con Cristo, y saliendo, resucitamos a una nueva vida con El cómo lo describe Pablo (Colosenses 2:12).  Ahora, sabiendo esto, sería una tontería pensar que esta vida que vivimos tiene que permanecer completamente escondida hasta el día que tomemos nuestro último aliento, porque si este fuera el caso, ¿qué clase de vida sería? Este no debe ser el caso, porque nuestro Dios, es un Dios de vida y todos están vivos para El (Lucas 20:38).  Por lo tanto, experimentamos una vida resucitada aquí y ahora a la medida que vivimos unidos a nuestro Dios.  La forma en la que hacemos esto es viviendo una vida de virtud en la cual el amor tiene una primacía de lugar.  Es al cultivar una vida de virtud que podremos ordenar nuestros amores correctamente, y esto nos acerca cada vez más a cumplir el doble mandamiento de amor de Dios y amor al prójimo (Lucas 10:27 y Mateo 22:37-39).

Amigos míos, nuestro Dios no nos pide que nos esperemos para experimentar de la alegría de la salvación, más bien, llamándonos a imitar el amor que Él tiene para nosotros, nos llama de inmediato al gozo de la resurrección.  Seguro que vivir de tal manera es difícil, y no podemos vivir de tal manera solos, este es el punto.  Para vivir de tal manera debemos buscar la unidad con Dios, Quien en turno nos habilita para poder crecer en tal estilo de vida.  Por esta razón San Pablo reza por los Tesalonicenses “Que los anime el propio Cristo Jesús, nuestro Señor, y Dios, nuestro Padre, que nos ha amado dándonos en su misericordia un consuelo eterno y una esperanza feliz.  Él les dará el consuelo interior y los hará progresar en todo bien de palabra o de obra” (2Tesalonicenses 2:16-17).  Fíjense por favor, que la gracia de la que habla Pablo la cual recibimos de Cristo es para fortalecernos por cada buena acción y palabra.  En otras palabras la gracia que recibimos nos permite vivir una vida llena de amor con cada palabra que decimos y cada acto que hacemos.  De esta manera no necesitamos esperar hasta el día que morimos para experimentar la vida y la alegría de la resurrección, sino que permitiendo que la gracia de Dios nos penetre, le permitimos a Él a que viva en y a través de nosotros permitiéndonos experimentar el amor y la alegría de la salvación, y también así poder compartir ese amor y alegría con otros para que ellos también puedan experimentarlos ¡HOY MISMO!

Su sirviente en Cristo,

Tony

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