Un Reino de Belleza, Parte 2

Decimosexto domingo en Tiempo Ordinario: 7-23-17

La Paz Sea Con Ustedes,

Este domingo nos encontramos una vez más en la sala de la clase del verdadero Maestro, Jesucristo, como continua sus lecciones acerca del Reino de Dios, dándonos a la vez una comprensión más profunda de la realidad en la que vivimos y el fin hacia el cual ponemos nuestros pies en esta peregrinación que llamamos vida. El pasado fin de semana, se nos dio el placer de escuchar la parábola del Sembrador, y en ella examinamos tanto a la persona del Sembrador como a los diversos tipos de tierra sobre los que había sembrado sus semillas. Observamos una intrincada complejidad, escondida tanto dentro de la identidad del Sembrador; Visto simultáneamente como Dios y la Iglesia como el Cuerpo de Cristo, ya así por extensión nosotros, que somos miembros de dicho Cuerpo (cf. Colosenses 1:18); Y su relación con el terreno que se ha propuesto a cultivar y hacer productivo. Al final el mensaje que se nos resalta, una vez más, fue el de la humildad y la mansedumbre como lo vimos en las semanas previas, como la humildad y la mansedumbre le permite al Sembrador a cultivar la tierra profundamente, despejándolo de todo lo que impida que la Palabra florezca dentro de nosotros, haciendo de nosotros un suelo más productivo (cf. Mateo 13:8).

Este fin de semana, el Maestro desea darnos tres adicionales representaciones analógicas de lo que es el Reino de Dios, tanto ahora como en su futuro estado. Esta cualidad analógica designada por las palabras de nuestro Salvador que “el reino del cielo se puede comparar a…” Una vez más, vale la pena señalar como lo demuestra este lenguaje, que ninguno de estas imágenes es suficiente en sí y por sí misma para transmitir una comprensión completa de su asunto, es más, incluso si pudiéramos construir de alguna manera dentro de nuestra imaginación un compuesto de todas las imágenes que se nos describen, todavía no nos daría una comprensión perfecta de lo que es el Reino de Dios. La razón de esto es tan simple como lo es complicada, y es que el Reino de Dios es por último un misterio. Dicho esto, aunque nuestra comprensión es incompleta, permanece segura y verdadera, ya que lo que se nos revela es concedido por el que es el Camino, la Verdad y la Vida (cf. Juan 14:16). Por lo tanto, sería mejor entender estas diversas parábolas como diferentes ángulos de percepción, como si estuviéramos examinando una estatua. De un anglo veríamos ciertos detalles incluidos por el artista que permanecen invisibles en el momento en que pasamos al siguiente y así sucesivamente; Cada ángulo nos da una comprensión más profunda de la obra y por lo tanto del artista que la creo. Así es con estas tres parábolas, cada imagen nos permite profundizarnos más en la obra magistral del arte Divino que es la creación, mientras que simultáneamente nos revela algo del Artista Divino.

Si tuviéramos que caracterizar las tres parábolas que escuchamos hoy según el tema, podríamos decir que la primera tenía que ver con la calidad del Reino de Dios (Mateo 13:24-30), i.e. su calidad existencial, la manera en que existe aquí y ahora; La segunda podríamos ver como que trata con el Telos o el Fin del Reino de Dios (Mateo 13:31-32); y la tercera podemos considerar como tratando con el Propósito o la Misión del Reino de Dios, que es como llegara a alcanzar el Fin presentado en la segunda parábola de su condición actual como se presenta en la primera parábola (Mateo 13:33). Por supuesto, que esta no es una rubica definitiva para la lectura de estas tres parábolas, pero quizás se puedan entender más fácilmente como un conjunto secuencial.

Volviendo luego a la primera parábola, escuchamos una cuenta muy similar a la que  escuchamos la semana pasada: Sin embargo, las mecánicas son muy diferente. Además, así como la parábola del Sembrador la semana pasada, hay varias capas de significado que se deben descortezar en las imágenes. Y, una vez más, la belleza esta en los detalles. Nuestro Señor comienza diciendo, “Aquí tienen una figura del Reino de los Cielos. Un hombre sembró buena semilla en su campo, pero mientras la gente estaba durmiendo, vino su enemigo y sembró cizaña en medio del trigo y se fue” (Mateo 13:24-25). Una vez más, como en la parábola de la semana pasada, la imagen del Sembrador es más fácilmente comparado al Creador. Esta analogía nos proporciona una oportunidad para demostrar precisamente porque estas analogías, i.e. que mientras que captura algo de la verdad no pretenden a presentar su totalidad. En este caso el Sembrador esta obviamente trabajando con material preexistente, la semilla y la tierra. Si tomáramos esta imagen directamente sugeriríamos que Dios creo el universo de materia ya existente como lo hicieron gnósticos una vez, sin embargo, la comprensión del Cristianismo es que Dios creo todas las cosas ex nihilo, i.e. del nada, como el Salmo dice, “Antes que nacieran las montañas y aparecieran la tierra y el mundo, tú ya eras Dios y lo eres para siempre” (cf. Salmo 90:2, Proverbios 8:22-36: Macabeos 7-28).

Tal entendimiento estaba presente en la mente de la Iglesia desde sus primeros días como vemos en la obra de San Ireneo quien en el Siglo II que refutando a los gnósticos, escribió “Dios, según su voluntad, en el ejercicio de Su propia voluntad, y poder, formo todas las cosas (para que aquellas cosas que ahora son deben tener existencia) fuera de lo que no existía anteriormente” (Contra las Herejías, 2.10.1; cf. San Agustín, Confesiones, 12.7). Así la imagen del Sembrador es una imagen análoga de alguien que crea, como un granjero se propone a producir una cosecha abundante del campo árido, una imagen de la cual hablaremos más después.

Regresando otra vez más a la parábola que estamos examinando, notamos que esta imagen de Dios como Divino Plantador o Jardinero es bastante reminiscente de la imagen que encontramos en Génesis 2 y 3, donde encontramos el segundo relato de la creación y de la Caída; Es como si Jesús nos está contando la misma historia usando diferentes imágenes. Es más, las mecánicas son muy similares, Dios crea este bello jardín, y porque es creado por el, todo es bueno, el mismo modificador usando para describir la semilla aquí (Mateo 13:24). Esto tiene algo que decirnos tanto de la creación en general y más particularmente de nosotros mismos, que nosotros, i.e. la familia humana, fuimos hechos, como San Antonio de Egipto dice, “hermosos y perfectamente rectos” (San Atanasio, La Vida de San Antonio, 20). Pero entonces el mal se interpone y el enemigo del Sembrador viene y siembra hierbas entre el trigo, y se fue (Mateo 13:25). Hay dos cosas para comentar aquí. La primera es que aquí de nuevo es de suma importancia que recordemos la calidad análoga del relato de la imagen del enemigo sembrando mala semilla, no debe sugerirnos que el mal, o en este caso el Maligno, pueda crear cualquier cosa, especialmente personas malvadas, en cambio el mal es una privación del bien, y, por lo tanto, la única siembra que el Enemigo es capable de sembrar es la discordia para fin de que al separarnos de Dios, podríamos ser disminuidos. El segundo es notar que el enemigo, después de causar caos en el hermoso orden creado por Dios, tal como leemos en el relato de Génesis, se va (Mateo 13:25), porque no solo es nuestro enemigo ahora, sino que lo ha sido desde el principio (cf. Juan 8:44). Él no quiere acompañarnos en esta peregrinación de la vida, nutriéndonos a plena madurez como veremos que se dice de nuestro Dios después, el simplemente desea nuestra destrucción.

“Cuando el trigo creció y empezó a echar espigas, apareció también la cizaña (Mateo 13:26). Aquí nos recuerdan inmediatamente de las palabras que nuestro Señor nos dice en otras partes, “Por lo tanto, ustedes los reconocerán por sus obras” (Mateo 7:20). Podemos decir, entonces, que nuestro Señor desea sugerirnos una verdad similar aquí, i.e. que nuestros trabajos, las cosas que hacemos, decimos, y hasta lo que pensamos, nos dice algo acerca de quien somos. Ahora, por supuesto que no podemos saber los pensamientos de alguien más, y así, aunque podemos saber algo de quien se han permitido llegar a ser, para bien o para mal según lo que hacen, al final seguirán siendo un misterio para nosotros. Por esta razón, cuando los sirvientes le preguntan al Sembrador “¿Quieres que arranquemos la cizaña?” El Sembrador responde, “No, dijo el patrón, pues al quitar la cizaña podrían arrancar también el trigo. Déjenlos crecer juntos hasta la hora de la cosecha. Entonces diré a los segadores: Corten primero la cizaña, hagan fardos y arrójenlos al fuego. Después cosechen el trigo y guárdenlo en mis bodegas” (Mateo 13:29-30). Aquí podemos recoger una serie de ideas clave. La primera es que, actualmente, la Iglesia es lo que Agustín le llamaba corpus permixtum o un cuerpo mixto (De Doctrina Christiana, 3.32, 45). Lo que él quería decir con esto fue, aquí y ahora, a medida que se abre camino a través de la historia, la Iglesia, y por extensión toda la familia humana, contiene miembros que trabajan para el bien o para el mal, ya sea conscientemente o no. Sin embargo, como vemos en la parábola, no siempre será así, porque un día, el bien será separado del mal de acuerdo con el ojo omnisciente del Sembrador, quien solo conoce la calidad de las plantas que cosecha (Mateo 13:30). Hay, sin embargo, otra razón por la cual el sembrador no quiere que las hierbas se saquen antes de la cosecha, y es que estas no son plantas ordinarias; Recuerden que la analogía es a las personas, y las personas son sujetas al cambio, una cualidad inherente a aquello que fue creado de la nada (cf. Gregorio de Nisa, Discurso sobre la Instrucción Religiosa, 8), que es quizás nuestra mejor cualidad, porque como dice Gregorio de Nisa “en verdad el aspecto más fino de nuestra mutabilidad es la posibilidad de crecimiento en el bien” (En la Perfección, 46).  Tal entendimiento está igualmente presente en el pensamiento de San Agustín, quien al comentar sobre esta misma parábola, escribe que cuando se trata del bien tratando con el mal, que el bien debe “tolerar lo malo; Dejen que los malos cambien a sí mismos e imiten lo bueno. Que todos, si puede ser así, alcancemos a Dios; Que todos por su misericordia escapemos el mal de este mundo” (Sermón 73:4).

A través de esta lectura de la Tradición ganamos otra intuición perspicaz; i.e. que no somos divididos en personas buenas y malas; más bien, ninguno de nosotros somos perfectos y todos estamos en necesidad de constante conversión para el bien. Esto sin duda, no significa que algunos no estén más avanzados en la jornada hacia el Bien que otros, pero aquellos que están más allá no deben deshacerse de aquellos que han perdido su camino, sino que deben de tratar pacientemente con nosotros que nos quedamos atrás con caridad, para que un día todos podamos ser uno de acuerdo con el deseo de nuestro Señor (Juan 17:21). Además, los que están más allá nunca deben considerarse como habiendo avanzado bajo la fuerza de su propia voluntad, sino que deben recordar la misericordia que los a agraciado con el poder de purificar su amor para fin de que imiten al Unigénito (Sabiduría 12:15), quien diseño por amor a ser identificado como uno con sus criaturas rebeldes, elevando de inmediato su estatus de simple creatura a hermanos, hijos e hijas de Dios.

Pasamos ahora brevemente a las dos últimas parábolas. La primera es aquella la de la semilla de mostaza. Aquí otra vez encontramos la imagen del Sembrador, quien planta una semilla de mostaza en su terreno. La imagen de la semilla de mostaza es escogida por la trasformación radical que experimenta, porque “Es la más pequeña de las semillas, pero cuando crece, se hace más grande que las plantas de huerto. Es como un árbol, de modo que las aves vienen a posarse en sus ramas” (Mateo 13:32). Aquí vemos que Dios ha “plantado” la Iglesia en el mundo para que todos puedan refugiarse en su amoroso abrazo, y en sus brazos sentir el amor de Aquel que es su Cabeza (Colosenses 1:18). Además, vemos que el tema de la unidad que fue aludido arriba se hace eco aquí, ya que tradicionalmente los pájaros han sido interpretados como el pueblo gentil, que un día llegaría a ser incorporado a la gente de Dios. Por lo tanto, podríamos pensar en esta imagen como una representación gráfica del deseo expresado por Cristo en Juan 17:21.

La parábola final es la de la levadura donde nuestro Señor dice, “la levadura que toma una mujer y la introduce en tres medidas de harina. Al final, toda la masa fermenta” (Mateo 13:33). La cosa a notar aquí es la desproporción de la levadura a la harina; La idea es que, aunque aparentemente desmesurada, el reino de Dios algún día hará sentir su presencia a todos, para bien o para mal. Es más, debemos de notar como es que la levadura trabaja, de adentro de la masa no aparte de ella. También nosotros, que somos miembros del Cuerpo de Cristo, debemos trabajar para la conversión del mundo dentro del mundo, o como la Iglesia a dicho tradicionalmente, estén en el mundo, pero no sean del mundo.

Amigos míos, con estas imágenes nuestro Señor nos hace saber la belleza tanto de su creación como de su recreación, i.e. la redención de todo lo que una vez hablo a ser. Dentro de estas imágenes vemos tanto el gran potencial que se encuentra dentro de cada persona humana y la humildad del Hijo Unigénito, que desea que este potencial no sea despilfarrado, sino que pueda tener la oportunidad de florecer plenamente. ¡Y aún hay más! Quizás el mensaje más vivificante que escuchamos esta semana subraya cada una de las parábolas y encuentra una expresión clara en nuestra primera lectura del Libro de Sabiduría. En ella oímos del poder de Dios y de su misericordia por igual (cf. Sabiduría 12:13 y 16-18), un presagio del Hijo Encarnado; pero justo antes de la selección que escuchamos desde las bancas hay este pequeño detalle: “Así es como corriges de a poco a los que pecan. Les haces ver, mediante tus correcciones, en que han pecado, para que renuncien al mal y crean en ti, Señor” (Sabiduría 12:2). Vemos en esto la maravillosa paciencia de nuestro Dios, quien fuera del nada excepto puro amor espera pacientemente la conversión de sus hijos rebeldes, instruyéndolos poco a poco con la esperanza de que algún día puedan ver que todo ha sido creado por amor a ellos (cf. Sabiduría 12:19). Este amor paciente es precisamente el poder que sostiene todas las cosas en la existencia (cf. Sabiduría 11:24-26); ¡no deseando nada por ello excepto la felicidad completa y absoluta!

Señor Jesucristo, en comunión con el Padre y el Espíritu Santo tú les diste vida a todas las cosas y las hiciste santas. Nuestro rechazo de tu bondad fue para ti un síntoma infantil de nuestra naturaleza, tan llena de potencial, y tan lejos de ser completa. Así, para que podamos florecer a la madurez y proporcionarte una cosecha de abundancia, te habéis dignado a convertirte en la misma tierra que echa raíces y el alimento que la nutre, haciendo de tu humillación los fundamentos de la posibilidad de felicidad eterna en comunión Contigo, el Padre, y el Espíritu Santo, un Dios, por los siglos de los siglos. Amen.

Su sirviente en Cristo,

Tony

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