Un Reino de Belleza, Parte 1

Decimoquinto domingo de tiempo ordinario: 7-16-2017

La paz sea con ustedes,

Hay una fuente humilde de la cual fluyen todas las cosas, una sabiduría que providencialmente dirige y acompaña el cambio de tiempos y estaciones, un amor que une todas las cosas en su abrazo, haciendo una unidad de la inmensa diversidad que colorea el panorama de la creación.

Tales palabras pueden ser pronunciadas y aceptadas como algo más que ficción poética solo a través de un don de fe. Pues las imágenes que caen sobre el ojo humano despierto como examina al mundo hoy en día sugiere algo mucho caótico, algo mucho más bárbaro, algo mucho más roto. Por esta razón, el último fin de semana oímos a la Sabiduría llamarnos a imitar su humildad y mansedumbre, a fin de que podamos aceptar el don de la fe que nos permite ver las cosas como verdaderamente lo son y a permanecer dócil a la Palabra de la  Verdad y así avanzar cada vez más por el camino que conduce a la unidad que anima todas las cosas; Una unidad cuya realización como veremos hoy y por las próximas tres fines de semana, ya ha sido iniciada, pero que espera la perfección (cf. Romanos 8:18-23).

Durante los próximos tres fines de semana seremos deleitados con la presentación de Jesús de varias parábolas concernientes al Reino de Dios. Son, sin duda, tan intrigantes como confusas, muy a menudo nos dejan queriendo más mientras que en otros momentos solo nos dejan rascándonos la cabeza. Por lo que el primer punto de guardar en mente es esto: La Palabra de Dios, cuyas palabras poseen la fuerza de la Vida y la plenitud de la Verdad, al asumir que su humanidad ha asumido todo lo que somos y experimentamos, incluyendo las limitaciones que nuestro lenguaje y nuestro modo mundano de saber nos imponen. Limitaciones que a veces parece que frustraban al mismo Salvador preguntándoles a sus discípulos una y otra vez, “¿y aun no entienden?” (Marcos 8:21; Mateo 15:16 y 16-19). Por supuesto, no debemos de entender esta frustración como impaciencia o como condesciende a los menos informados, sino que es una frustración nacida del amor que desea la armonía libre y fácil porque el entendimiento necesario para comprender los misterios de los que nos habló nuestro Señor no viene del intelecto humano sino de relación íntima; Lo que se necesita entonces, no es la lógica sino la comunión nacida de la fe. Que esto es el caso se ve en la pregunto qué le hace nuestro Señor a Felipe con el corazón destrozado: “Hace tanto tiempo que estoy con ustedes, ¿y todavía no me conoces Felipe?” (Juan 14:9). Nuestro Salvador viene poseyendo en si todo lo que anhelamos (cf. Mateo 13:16-17) Deseando entregarse a nosotros, y sin embargo, con tanta frecuencia permanecemos impermeables a ello debido a nuestra inhabilidad de saber por amor.

Sin embargo, nuestro Señor, en su humildad, se digna a hablarnos de maneras que podemos comprender. Como un artista maestro que ha derramado todo su talento en la creación de una extravagante obra de arte en honor de su amada. Habiéndose dedicado a la perfección de cada detalle en la lona y escenificado su trabajo cuidadosamente, revela la imagen ante ella, y sin embargo la obra maestra que contempla no significa nada para ella. Ella no sabe nada de arte, nada acerca de la naturaleza simbólica de los colores o del dominio de la luz que se necesitaba para llevar la lona a la vida. Sin embargo, el intenta incansablemente a explicarle la belleza en cada detalle paseando de un lado a otro delante de ella, señalando su pincelada y eso, haciendo gestos con todo su cuerpo como la luz cae sobre cada pulgada cuadrada de la lona para darle una calidad radiante, no con las esperanzas de que alguna silaba pronunciada la pueda despertar a la grandeza de su talento, sino a la profundidad de su amor. Así es como debemos imaginarnos a nuestro Señor como nos explica la realidad que experimentamos y el amor que guía su cada momento, llevándolo a su abrazo amoroso.

Así, vemos al maestro que toma su posición de autoridad en el verso de apertura de nuestro Evangelio de hoy, donde leemos, “… la gente vino a él en tal cantidad, que subió a una barca y se sentó en ella, mientras toda la gente se quedó en la orilla. Jesús les hablo de muchas cosas usando comparaciones o parábolas…” (Mateo 13:2-3). Si la configuración de esta escena suena familiar, así es porque es muy similar a las líneas de apertura del Sermón del Monte, donde leemos, “Jesús, al ver toda aquella muchedumbre, subió al monte. Se sentó y sus discípulos se reunieron a su alrededor. Entonces comenzó a hablar los ensenaba diciendo…” (Mateo 5:1-2). Ahora, podríamos ser bastante pedestre en la imaginación y suponer que fue por puro sentido práctico que nuestro Señor se había posicionado así en cada ocasión. Y a lo mejor ese fue el caso, pero nada de lo que nuestro Señor hacia era tan aburrido, tan completamente mundano, cada uno de sus movimientos estaba saturado con Verdad Encarnada, y así, incluso como se sentaba nos dice mucho. Al sentarse nuestro Señor está tomando la posición de un rabino judío, que no permanecen parados como los griegos lo hacían al ensenar, sino que se sentó. Pero tomen nota, por favor de donde se sentó; La silla que el asume le ha esperado desde el principio; el asiento de enseñanza del Creador es la gran cima de la montaña y el inmenso mar; así el evangelista adopta un gesto simbólico cultural judío fácilmente reconocible y lo sobrenaturaliza, si así gustan ustedes. Y tal como lo hizo en el Sermón del Monte, las palabras pronunciadas por la Palabra nos hablaran de la realidad subyacente de todas las cosas.

Además, hay un detalle adicional único a esta cuenta que debemos de tomar en cuenta. Porque aquí, Jesús dice su mensaje revelador desde una barca. Recordando lo que se mencionó antes que la verdad se conoce por medio de la relación más bien que por puro intelecto, podemos considerar que este escenario le hace eco al arca de Noé. Tradicionalmente, el arca se ha sido vista como una figura de la Iglesia, manteniendo el pueblo de Dios a salvo de los peligros del mundo caído para asegurar su supervivencia, y sirviendo como un indicador de la verdad en medio del aparente desorden y caos (e.g. Agustín, ciudad de Dios Libro 15. 26-27). Especialmente dada nuestra conversación hace dos semanas acerca de la Iglesia como el Cuerpo de Cristo, podríamos ver la enseñanza de nuestro Salvador de adentro de la barca como figura de su presencia dentro de la Iglesia, la cual por su providencia y con la guía del Espirito Santo, protege y promulga el evangelio a fin de mantener la familia humana a salvo para la vida eterna. Lo que vemos aquí, entonces, es que, al poner la escena, el evangelista ha hecho su parte para despertar nuestra imaginación, para ver más allá de lo mundano en las imágenes que escuchamos a nuestro Señor describir, así que como “al abrir su boca en parábolas las reconoceremos como revelando lo que ha estado escondido desde la fundación del mundo.” (Mateo 13:35).

La mecánica de la parábola como es relatada por Cristo es muy sencilla, sin embargo, las dinámicas son infinitamente complicadas, y eso es porque la realidad en la que vivimos es igualmente así. Además, hay capas sobre capas que retroceder sobre casi cada palabra como vemos en la primera línea: “El sembrado salió a sembrar” (Mateo 13:3). La comprensión más obvia es que Dios es el Sembrador; Sin embargo, podemos adicionalmente ver al sembrador; como siendo la Iglesia, funcionando como el Cuerpo de Cristo dentro de la historia, y así proclamar las mismas buenas noticias primero pronunciada por su Cabeza. Con este entendimiento, las semillas; en esta parábola en particular (en contraste con la próxima semana); Es el mensaje del Evangelio que si extendemos hasta los límites más lejanos es la presencia de la Palabra de Dios mismo. Los diferentes tipos de tierra, entonces, somos nosotros, que, creados a la imagen y semejanza de Dios (Génesis 1:26-27), tenemos dentro de nuestra propia naturaleza la capacidad, el capax Dei, de ser animados con estas semillas de la Palabra, y permitir que su vida crezca dentro de nosotros simultáneamente logrando nuestro florecimiento como personas humanas creadas de tal manera (cf. Isaías 55:11).

Jesús continúa diciéndonos que algo de la semilla callo en el camino y las aves se las devoraron; Otras cayeron en terreno pedregoso y pronto se secaron por falta de tierra; Aun otras cayeron en medio de espinas y las espinas las ahogaron; Sin embargo, algunas cayeron en buena tierra y produjeron mucha fruta (Mateo 13:4-8). Ahora, ya que nuestro Señor interpreta esta particular parábola, no hay mucho trabajo de detective que hacer aquí (ve Mateo 13:18-23). Sin embargo, podemos preguntar porque es que este Sembrador no coloco estas semillas con más cuidado, o por que no se tomó el tiempo para preparar la tierra para que las semillas, una vez plantadas, ¿florecieran? A este punto la complejidad realmente se establece, pero es precisamente en la complejidad que el profundo amor de nuestro Dios brilla más claramente. Si nosotros somos los varios tipos de tierra, ¿podríamos comparar el camino donde la semilla es vulnerable al ataque del enemigo a aquellos que nunca han oído el mensaje del Evangelio que se les pronuncio en su totalidad, de tal manera que cuando finalmente lo oyen, cualquier contraargumento, ya sea lógico o experiencial es suficiente para ellos para apartarse en incredulidad? Tal vez el suelo de roca son los que no han tenido la fortuna de crecer en un hogar donde el Evangelio es cultivado y una vida de virtud acentuada de tal manera que incluso las palabras que han oído no han significado más que un sonido de desvanecimiento. Quizás la tierra que tiene cardos que estrangulan la palabra son aquellos que viven en la pobreza, ya sea material o moral, o aquellos cuya cultura es tan contraria al mensaje del evangelio que incluso cuando se oye su apariencia es estrangulado y hecho a que se parezca al cardo en vez del fruto provechoso. Lo más probable es, que somos cada uno de estos tres tipos de suelo en varios tiempos de nuestras vidas y a veces todos los tres a la misma vez: En algunos casos debido a nuestra propia deficiencia. En otros debido al medio ambiente en que nos encontramos; Pero en muchos casos es una combinación de los dos.

Es aquí que la paciencia, la bondad y la misericordia de nuestro Dios se hacen evidente, porque no importa las circunstancias en que nos encontremos, no dejara de ofrecernos la Palabra de su infinito amor. No solo lo transmite una vez en la remota posibilidad de que algo pueda crecer, sino que continuamente dispersa semillas de su Palabra dentro de nosotros; Proporcionándonos la oportunidad para producir la buena fruta para lo cual fuimos creados con cada encuentro con otro y por cada último solitario elemento de su mundo que creo el cual habla tan maravillosamente de su Diseñador. Sin embargo, el Sembrador no frustra ni anula el libre albedrio del suelo que desea cultivar; Aunque que la Verdad de su presencia sea conocida, podemos permanecer reacios a aceptar su amor por cualquier número de razones, en cuyo caso podríamos permanecer como aquellos que, oyen, pero nunca entienden, y que ven, pero nunca perciben, personas cuyo corazón se ha vuelto apagado, ‘cuyos oídos están pesados de oír y cuyos ojos se han cerrado’ (Mateo 13:14-15). En esta descripción Jesús está parafraseando el sexto capítulo de Isaías. Es una descripción que nos recuerda a la que fue utilizada por el Salmista en el Salmo 115, donde escribe que “Sus ídolos no son más que oro y plata, una obra de la mano del hombre. Tienen boca, pero no hablan, ojos, pero no ven…” (Salmo 115:4-8). ¿Por qué la similitud? Porque San Agustín nos dice una y otra vez, nos transformamos y nos volvemos como lo que amamos: “Cada persona es como lo que ama. ¿Amas la tierra? Serás tierra. ¿Amas a Dios? ¿Qué debería yo decir? ¿Serás Dios? Escuchan las Escrituras, porque no me atrevo a decir esto por mi cuenta: Vosotros sois dioses, e hijos e hijas del Altísimo, todos vosotros (Homilías en la Primera Carta de Juan 2.14.5). Si no han tenido que leer esto dos veces porque estaban seguros que lo habían malinterpretado, ya que suena tan indignante es necesario que aflojen el paso y lo lean de nuevo. Dios desea compartir su misma vida con ustedes, y esto es lo que el trata tan desesperadamente trata de lograr; Esta es la razón de la Encarnación; Esta es la razón de la Crucifixión; Esta es la razón por la cual derramo su sangre y te la ofrece en el cáliz de vida eterna sobre el altar sagrado enfrente de ti; ¡Esta es la obra maestra del amor!

Amigos míos, como vemos una y otra vez mas, los planes que nuestro Dios tiene para nosotros, la intención con la que nos creó desde el principio. ¡Es tan increíble e insondable que francamente suena herético! Pero esto es la Verdad que la Iglesia ha proclamado desde el principio, es la Verdad que la Encarnación manifesta, que fueron hechos para participar en la misma vida de Dios precisamente porque este era el deseo de Dios para nosotros cuando nos llamó a ser, pero como cualquier verdadero amante, no te obligara a amarlo; El amor siempre debe de ser libre, si no es libre no es amor. Y, sin embargo, como vimos en la parábola que examinamos hoy, no es una simple cuestión de nuestra voluntad, simplemente no podemos producir las condiciones por las cuales la Palabra crecerá dentro de nosotros, no, esto es una cuestión de gracia. Por lo tanto, debemos pedirle al Divino Sembrador, no solo que comparta con nosotros su Verdad, sino que nos llene de su gracia para que por ella podamos ser limpiados de todo lo que nos puede mantener fuera de la fuerza penetrante de su Palabra, convirtiéndonos en un suelo humilde receptivo y mansamente cultivable. Si pedimos con sinceridad, podemos estar seguros que nos lo concederá (cf. Mateo 7:7); Porque tal oración no es más que un eco de la voluntad que es el amor Divino.

Padre Celestial, Tu creaste la familia mientras mirabas la belleza de tu Hijo, Jesucristo, formándola como receptáculo perfecto del Amor que es tuyo desde toda la eternidad. Te rogamos este día que quites todo lo que nos impida reconocer la abundancia con que nos amas, la bondad abrumadora que impregna todo lo que es, hablándonos de los planes que tienes para nosotros; Planes para darnos un futuro lleno de la gloria de tu presencia donde vives con el Hijo en unidad del Espíritu Santo, un Dios por los siglos de los siglos. Amen.

Su sirviente en Cristo,

Tony

One thought on “Un Reino de Belleza, Parte 1

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *