Un Organismo Vivo

Decimotercer Domingo En Tiempo Ordinario: 7-2-17

La Paz Sea Con Ustedes,

El pasado fin de semana el enfoque de nuestra conversación fue doble.  Por un lado, hablamos de lo que realmente significa el temor al Señor, contrastando su carácter de maravilloso asombro con el significado más fácilmente entendido del temor.  Por otra parte, discutimos que anqué ahora hemos hecho la transición a lo que se denomina “Tiempo Ordinario” en el calendario litúrgico de la Iglesia, no hay tal cosa como “ordinario” en nuestras vidas; i.e. no hay ni un momento que se considere mundano en contraposición a aquellos momentos inundados de presencia sobrenatural, pues la presencia dinámica de nuestro Dios continua permeando cada momento de nuestras vidas, inundándola con el resplandor de su presencia y así borrando la línea, si así gustan ustedes, entre lo mundano y lo sobrenatural.  Por lo tanto, en ambos casos, se trataba de desarrollar nuestra comprensión conceptual de estos términos utilizados por la Iglesia.

Parece apropiado comenzar nuestra reflexión este día con una fuerte advertencia.  Una advertencia que debe mantenerse al frente en la mente de nuestro lector a medida que avanza en lo que sigue.  Y esta advertencia es que el tema que proponemos a reflexiona hoy no tiene paralelo analógico en nuestra vida cotidiana.  Por lo tanto, los únicos ejemplos de los que podemos extraer se deben utilizar a modo de contraste en lugar de a modo de comparación.  Esto no puede ser suficientemente recalcado por razones que ya se harán evidentes en breve.

Este contraste quizá sea mejor dibujado a partir de nuestra segunda lectura de la Carta de San Pablo a los Romanos, ya que ambas nos proporcionan el contexto adecuado para la reflexión que pretendemos considerar, y a la vez sacamos a la luz varios temas que le son pertinentes.  Para facilitar la reflexión, primero diremos una palara sobre el contexto y luego destacaremos tres detalles cruciales.  El apóstol discute aquí la transformación radical experimentada por el individuo que ha encontrado a Cristo.  Con el fin de concretizar esta transformación, Pablo hace una distinción entre una vida de pecado y una vida de gracia (cf. Romanos 6:1-2).  Tal vez sea beneficioso concretizar estos conceptos aún más antes de avanzar, ya que a menudo (i.e. el pecado y la gracia) pueden ser relegados al reino del abstracto y por lo tanto, cuando los oímos, hacen poco para avanzar nuestra comprensión de las vidas que vivimos.

Galones y galones de tinta han sido derramados en estos dos temas tan pertinentes a la fe Cristiana, y con buena razón; Son extremamente difícil de entender.  Tal vez no sea justo sugerir que para la mayoría, el pecado se entiende como una mancha o una deuda, i.e. alguna cualidad negativa que poseemos y que debemos de encontrar una manera de liberarnos de ella.  La gracia, por otra parte, es muy a menudo conocida como una especie de fuerza mágica o un favor, no sabemos cómo o por que funciona, solo que funciona (por lo menos para los Cristianos), y cuando Dios así lo elije, este polvo mágico nos puede quitar nuestros problemas.  Estos son buenos ejemplos de lo que el pecado y la gracia no son.  Puesto de manera muy simple, el pecado puede entenderse como una separación de Dios, una separación que resulta en un vacío en nuestro mismo ser.  Puesto de otra manera, a la medida del pecado, i.e. esta separación entre nosotros y Dios, está presente en nuestras vidas, cuanto menos de nosotros existe, menos somos quienes fuimos creados para ser.  Esto es porque estamos plenamente vivos, completamente quien hemos sido creados a ser, solo al grado en que vivimos en unidad con Dios, entra la gracia.  La gracia, puesto simplemente, es una participación en la misma vida de Dios.  Sería mejor pensar del pecado como un vacío, como los hoyos en el queso suizo, o la porción vacía de un vaso.  Por supuesto, la gracia es la parte que esta substancialmente presente, ya sea en el queso o el líquido en el fondo del vaso.  Es más, dependiendo de cómo vivimos nuestras vidas en cualquier momento, puede haber más hoyos o más substancia, es una proporción que está siempre cambiando y nunca es estática.  Es esta dinámica entre el vacío y la substancia lo que nos proporciona nuestro contexto.

¿Qué inicia este cambio? “¿No saben que todos nosotros, al ser bautizados  en Jesucristo, hemos sido sumergidos en su muerte? Por este bautismo en su muerte fuimos sepultados con Cristo, y así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros empezamos una vida nueva” (Romanos 6:3-4).  Aquí encontramos el primero de nuestros tres conceptos cruciales, el bautismo.  El bautismo nos inicia en la vida de Dios, la vida de gracia, que nos proporcionó una vida de plenitud donde antes había carencia.  La manera en la cual el bautismo nos proporciona  esta plenitud es que nos lleva a la unidad con Cristo, que es nuestro segundo concepto, llenando el receptáculo vacío de nuestra naturaleza humana con la plenitud de su divinidad.  Además, esta unidad es tan profunda que Pablo nos dice que al pasar por las misteriosas aguas del Bautismo, morimos con Cristo y somos resucitados a una nueva vida, no solo con el (v. 7) sino en el (v. 11).  Saliendo de las aguas sagradas, el individuo ahora tiene una nueva identidad, él o ella ya no es primero Juan o Juana, sino Cristiano, o pequeño Cristo.  Pablo luego exhorta a los Romanos a que vivan su nueva identidad, llamándolos a expulsar esos comportamientos  de sus vidas que pudieran causar la separación entre ellos y Dios otra vez mas, “como quienes han vuelto de la muerte a la vida, y que sus miembros sean como armas santas al servicio de Dios” (Romanos 6:13).  Que nuestras vidas morales no deben ser consideradas como separadas de nuestras vidas espirituales, es entonces nuestro tercer punto, en vez, cada uno de nuestras acciones, cada pensamiento afecta esta dinámica de gracia y el pecado en nuestras vidas, trayéndonos más adentro a la vida de Dios o alejándonos más lejos de ella (N. B. esto está directamente relacionado con nuestra discusión de la semana pasada).  Con este contexto en mente y estos conceptos en mano, ahora podemos recurrir a nuestra lectura del Evangelio.

La lectura del Evangelio nos puede coger desprevenidos, ya que ciertamente se oye un poco extraña y tal vez incluso en desacuerdo con el mayor mandamiento.  Sin embargo, esto es solo si no le prestamos mucha atención a las palabras de nuestro Señor.  Para fin de poder ver esto, nos puede ayudar si comparamos los dos textos.  Nos encontramos con un par de versiones expresadas diferentemente en el Evangelio.  Por ejemplo, en Mateo 22 Cristo dice: “Amaras al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente.  Este es el gran mandamiento, el primero.  Pero hay otro muy parecido: Amaras a tu prójimo como a ti mismo.  Toda la ley y los Profetas se fundamentan en estos dos mandamientos;” un formato que Mateo básicamente adopta palabra por palabra de Marcos (Mateo 22:37-40; cf. Marcos 12:28-31).  La versión de Lucas es un poco diferente; aquí Jesús aprueba este formato proporcionado por el joven que pregunto qué es lo que tenía que hacer para heredar la vida eterna (Lucas 10:25): “Amaras al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente; y amaras a tu prójimo como a ti mismo (Lucas 10:27). ¿Captaron la diferencia? En Mateo tenemos más de lo que podríamos llamar una presentación de “orden de amaran” que resulta en dos mandamientos; Sin embargo, en Lucas los dos mandamientos se doblan en uno.  Bien, ¿y qué? ¿Cómo es importante señalar una discrepancia aparentemente tan pequeña como esta?

En el pasaje del Evangelio de hoy, Jesús nos dice “El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; Y el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mi” (Mateo 10:37).  Dado que fue Mateo quien dio los dos gran mandamientos, en lugar del uno de Lucas, esto parece encajar bien.  Amamos a Dios primero y luego a todos los demás.  Entonces ¿Qué? ¿Está mal Lucas, recibió mala información? Por supuesto que no, Dios no lo permita empezaríamos a cortar la Palabra de Dios en fragmentos y piezas escogiendo a prestarles atención a algunos mientras que descartando a otros, esto sería nada menos que intentar a dividir a Cristo mismo.  La respuesta se nos da, de hecho, solo unos cuantos versículos después, cuando Jesús nos dice, “El que los recibe a ustedes, a mí me recibe, y el que me recibe a mí, recibe a Aquel que me ha enviado” (Mateo 10:40).

Si se siente como que ya han oído esto en otra parte, así debe de ser.  Jesús dice casi la misma cosa en su oración acerca del ultimo juicio, “En verdad les digo, cuando lo hicieron con alguno de los más pequeños de estos mis hermanos, me lo hicieron a mi” (Mateo 25:45), y luego de nuevo en su encuentro con el prodigo Saúl, poco después de haber aprobado la muerte del diacono Esteban (cf. Hechos 7:58); al hombre que quizás iba a llegar a ser el mayor evangelista de todos los tiempos, Cristo le pregunta, “Saulo, Saulo, ¿Por qué me persigues? Antes de identificarse como “Jesús, a quien tu persigues” (Hechos 9:4-5).  En ambos casos, aquellos con los que Cristo habla están confundidos: ¿cuándo te vimos alguna vez, cuando te maltratamos? Aquí tenemos entonces nuestra respuesta.  El amor que estamos llamados a manifestar es ambos ordenado y uno; Debemos amar a Dios por encima de todas las cosas (la parte ordenada) y a amar a otros por el amor de Dios, o podríamos decir en o por medio de Dios, (demostrando la unidad de los amores).  Tal era la intención desde el principio aunque con la Encarnación la situación se realizó más formalmente; El misterio mismo convirtiéndose en un testamento a este orden de amor.

Hemos llegado ahora a la difícil parte de nuestra reflexión, aquella parte de la cual los advertí antes.  Seria fácil aquí espiritualizar la profunda realidad de lo que hablamos aquí, diciendo que Jesús simplemente está en una solidaridad enfática con la familia humana, de tal manera que de alguna manera él se ofende en el sentido emocional de la misma forma en que nosotros nos ofendemos cuando alguien habla mal de alguien que nos importa profundamente.  Sin embargo, esto es malinterpretar fundamentalmente tanto lo que es la Iglesia y lo que significa ser un Cristiano; Un mal entendimiento bastante frecuente en la sociedad actual.  Ustedes ven, para ser un miembro de la Iglesia, un cristiano, no es del todo análogo a lo que significa ser miembro de un equipo deportivo, el Club Kiwanis o cualquier otra organización humanamente diseñada.  Tristemente, muy a menudo pensamos en la Iglesia como una organización caritativa o una de buena voluntad, corriendo haciendo buenas obras para los miembros menos afortunados de la sociedad.  Y mientras que la Iglesia si hace estas cosas, y lo hace a mayor escala que cualquier otro grupo colectivo de la sociedad, yo podría añadir, que no lo hace como una organización, sino como un organismo, un cuerpo vivo tanto espiritual como físico; tanto místico como mundano; Tal vez podríamos decir místicamente mundano.  Puesto de otra manera, este Cuerpo tiene las características de quien es su cabeza, Cristo, el Hijo de Dios Encarnado, divino y humano, y así la Iglesia, como su cuerpo de una manera ontológica, aunque misteriosa, vive y posee dentro de sí misma la vida divina históricamente.

A fin de ver esto de lo que se habla claramente, podemos volver a la obra de Pablo, que habla de la Iglesia como un organismo vivo en varias de sus cartas.  Por ejemplo, en Efesios Pablo escribe: “un solo cuerpo y un mismo espíritu, pues ustedes han sido llamados a una misma vocación y una misma esperanza.  Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos, que está por encima de todo, lo penetra todo y está en todo” (Efesios 4:4-6); Mientras que en Colosenses él nos dice que Cristo “es la cabeza del cuerpo, es decir, de la Iglesia…Así quiso Dios que “el todo” se encontrara en él y gracias a el fuera reconciliado con Dios,, porque la sangre de su cruz ha restablecido la paz tanto sobre la tierra como en el mundo de arriba” (Colosenses 1:18-20).  Observen por favor, la interacción de lo que podríamos considerar elementos espirituales y corporales aquí; La razón de esto, por supuesto, es que Pablo está reflexionando sobre la vida de la Iglesia a luz de la Encarnación, y tal consideración da como resultado una comprensión muy concreta de lo que significa ser miembro de la Iglesia, el cuerpo de Cristo.  Para convertirse en un miembro de la Iglesia, entonces, no cambia simplemente nuestro estado espiritual, cambia nuestra posición ontológica en la vida permitiéndonos vivir, por así decirlo, la vida de la resurrección, aquí y ahora como vimos que nos dijo Pablo en el pasaje de Colosenses arriba.

Amigos míos, Cristo no deseaba salvar solamente nuestras almas sino que deseaba redimir la totalidad de la persona humana, el tomo toda nuestra naturaleza, cuerpo y alma; Así, nuestra concepción de la Iglesia y de lo que significa ser un miembro también debe de ser Encarnacional; No meramente espiritual.  Ser un miembro de la Iglesia, entonces, no es simplemente consentir intelectualmente a un credo, ni simplemente hacer obras de caridad; La primera se inclinaría hacia una espiritualización de la realidad Encarnacional de la Iglesia, mientras que la segunda seria concebir un cuerpo sin alma: En cambio, debemos vivir una vida de amor porque es el amor del Hijo Encarnado que nos anima.  El amor humano es vacío, no tiene poder para vivificar, mucho menos para resucitar lo que ya había muerto; Solo el amor Divino que se encarnó para nosotros y que por el poder del Espíritu Santo se nos fue impartido en el bautismo vive en nosotros y tiene tal poder.  Cualquier conversación entonces, de ser espiritual, se puede comparar con un címbalo que suena, no le demos voz a una charla tan vacía; Hablemos en vez de ser Encarnacional, y amemos de la misma manera.  Porque Cristo no vino a darnos paz de mente en la forma de solidaridad espiritual; Vino para que toda la persona, cuerpo y alma, pudiera experimentar la plenitud de vida en él, desde ahora hasta la eternidad.  Tal vida se encuentra en la Iglesia, Su Cuerpo, que manifiesta su presencia y realiza su trabajo dentro de la historia, no como una organización colectiva, sino como un organismo, viviendo y creciendo hasta la perfección de la eternidad cuando todos serán uno con, en, y a través de Cristo, como fue destinado en el principio.

Señor Jesucristo, os metiste en la aguas del Jordán para demostrar vuestra solidaridad con vuestra familia caída, acostumbrándonos a la vida del Espíritu Santo y limpiando nuestra visión para que un día, cuando la belleza de vuestro rostro no pudiera ser vista por los ojos humanos, pudiéramos mirarnos unos a otros con la visión Divina, viendo en nuestro prójimo el reflejo de vuestro preciosísimo rostro.  Animados por amor a vos, nosotros los miembros de tu Cuerpo, la Iglesia, manifestemos vuestra imagen a un mundo caído, haciendo uso de la creatividad del poder creativo de vuestro amor, por el cual hacéis nuevas todas las cosas junto con el Padre en unidad del Espíritu Santo, un Dios por los siglos de los siglos.  Amen

Su sirviente en Cristo,

Tony

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