Tiempo No Tan Ordinario

Doceavo domingo en Tiempo Ordinario 6-25-17

La Paz Sea Con Ustedes,

Este domingo regresamos a ese ciclo de lecturas que pertenecen a la temporada litúrgica del Tiempo Ordinario. Sin embargo, como hemos dicho en el pasado, no se debe pensar de ninguna manera que las temporadas litúrgicas que abarcan el tiempo entre Navidad y Cuaresma y luego otra vez entre la Pascua y el Advenimiento son de alguna manera mundanas en naturaleza a comparación con otras más, por así decirlo, intensas temporadas de devoción. Podemos comparar la diferencia entre la temporada de Pascua que ha terminado recientemente y la temporada ordinaria que celebramos ahora como las relaciones cambiantes dentro de una relación duradera. Por ejemplo, en cualquier relación, habrá momentos de intensidad máxima, donde el amor de uno por el otro se pone a prueba; e.g. momentos de enfermedad, tristeza, desacuerdo, o donde el amor de uno alcanza tales niveles que amar al otro parece una materia de la naturaleza que nos viene tan fácilmente como la respiración que respiramos por nuestra nariz. Podríamos comparar estos momentos de una naturaleza más intensa con los de las estaciones de Cuaresma y de Pascua respectivamente. Aun, habrá otros periodos de tiempo en los que la relación pasa por aquellos periodos más placidos, donde el amor por el otro no ha cambiado en naturaleza, sino que se ha cambiado en intensidad. Y estos periodos podemos comparar a la temporada de Tiempo Ordinario. Podemos llevar la analogía un paso más allá para llamar la atención al lector sobre la importancia de este tiempo no tan ordinario.

Cualquier pareja casada recordarán fácilmente y estarán de acuerdo con lo que se ha dicho anteriormente con respecto a los distintos niveles de intensidad; Además, las parejas casadas también dirán que son esos periodos más placidos y tranquilos de la relación cuando si no se tiene cuidado, conducen a la mayor disfunción. De hecho, algunas parejas entraran en estas estaciones más calmas y las pasaran solo para encontrar al final que ya no tienen idea de quién es la persona a su lado cuando están despertando. Esto, a su vez, muy a menudo conduce a un colapso en la relación, los dos han encontrado otros intereses, y, dado el clima social, optan por seguir sus caminos separados. Lo mismo se puede decir de nuestra relación con nuestro Dios. Quizás no perseguimos nuestra relación con la misma intensidad durante el Tiempo Ordinario incorporando especiales devociones o periodos de ayuno como la Iglesia nos llama a hacer durante la cuaresma, por ejemplo. Sin embargo, nuestra relación debe de continuar a crecer, porque si no, comenzará a desvanecerse y eventualmente morirá. Afortunadamente, a diferencia de las relaciones humanas, el amor de Dios por nosotros nunca cambia, y mientras que podemos alejarnos de él, o destruimos nuestro amor por él, su enfoque está continuamente en nosotros, como lo demuestran nuestras lecturas de hoy. Esta realidad exige que ningún periodo de nuestra peregrinación terrenal sea considerado como “ordinario.”

Nuestra primera lectura viene del libro del profeta Jeremías y nos ofrece un ejemplo perfecto de esta dinámica siempre cambiante de nuestra relación con Dios. Jeremías fue activo antes y durante el exilio babilónico del Reino del Sur de Judá (ca. 587 BC). Llamado cuando era joven para proclaman el mensaje de Dios (cf. Jeremías 1: 6-7), el trabajo de Jeremías como profeta le trajo mucha persecución y angustia personal. Por esta razón, el libro que lleva su nombre está lleno de lamentaciones, dándole el apodo “del profeta llorón.”

Para poder apreciar la selección tomada de las palabras de Jeremías para hoy, un poco sobre el contento circundante es beneficioso. Textualmente, el pasaje está situado en la primera mitad de la obra donde se localizan los oráculos de Jeremías contra Judá. Justo antes del pasaje que estamos considerando, Jeremías ha sido liberado de la prisión, donde había sido metido por orden de Pasjur, el sacerdote a cargo de la policía del templo, por profetizar un destino amargo inminente de la nación (cf. Jeremías 20:1). Después de haber sido golpeado y encarcelado durante la noche, Jeremías fue liberado (cf. Jeremías 20:2-3). Y aunque en la cara de su enemigo perece no tener temor (inmediatamente profetizando la condena personal a Pasjur tras su liberación), Jeremías no esta tan seguro cuando esta solo con su compañero más íntimo, Dios. Nuestra primera lectura para hoy inmediatamente sigue, y es una porción de una de las lamentaciones de Jeremías. Desafortunadamente, la lectura ha sido considerablemente reducida, de modo que la dinámica fluctuante de la relación del profeta con Dios es casi indetectable. Por lo tanto, ampliaremos el texto para su examen.

Esta particular lamentación de Jeremías comienza con el versículo siete del capítulo veinte donde el profeta dice, “Me has seducido, Yave, y me deje seducir por ti. Me tomaste a la fuerza y saliste ganando. Todo el día soy el blanco de sus burlas, toda la gente se ríe de mí.” Observen los dobletes en la primera parte del verso, haciendo incapie en las dos primeras declaraciones. La primera de las dos describe una atracción hacia Dios experimentado por Jeremías, la segunda describiendo la atracción como magnética en naturaleza, es tan fuerte que le profeta no puede evitar o escapar su fuerza. El profeta aquí probablemente alude a cuando fue llamado por Dios, un evento registrado en la apertura del capítulo del libro. Ahí encontramos a Jeremías un hombre joven reacio a hacer el trabajo que Dios le llama a hacer, y no somos demasiado atrevidos en asumir que sus temores provienen de la reacción que él sabe que la gente tendrá hacia el mensaje que está siendo enviado a proclamar. Y como vemos en la segunda mitad del verso, sus temores han sido confirmados, porque es su mansaje de “¡Violencia y Destrucción!” que ha sido rechazado, y hecho de él, el mensajero de la Palabra, un objeto de burla.

El siguiente verso (9), es uno de los más bellos del pasaje, y para mí, uno de los más intrigantes en todas las Escrituras porque ahí se nos da una vislumbre dentro de la experiencia psicológica del profeta. Debido a la dificultad de proclamar la palabra de Dios, y el maltrato que ha recibido por hacerlo, Jeremías resuelve parar su trabajo y ahorrarse la molestia. Pero, en vez, algo misteriosamente hermoso sucede, escuchen: “Por eso, decidí no recordar más a Yave, ni hablar más en su nombre, pero sentía en mi algo así como un fuego ardiente aprisionado en mis huesos, y aunque yo trataba de apagarlo, no podía.” Aquí está una preciosa vislumbre dentro del corazón de uno que ama a Dios, que ha sido confirmado en su confianza en Aquel a quien ama, que nada, ni siquiera su propia voluntad, puede superar su propio deseo de hacer la oferta de Aquel que ama. Aquí vemos la experiencia descrita por San Francisco de Sales en su Introducción a la Vida Devota donde escribe, “los que aman a Dios nunca pueden dejar de pensar en él, anhelando por él, aspirando a él, y ablando de él. Si fuera posible, grabarían el santo, sagrado nombre de Jesús sobre los pechos de toda la humanidad” (2:13). Por supuesto, Jeremías no tenía conocimiento histórico de la revelación del Hijo de Dios Encarnado, Jesucristo, pero la misma Palabra que encontramos en las Escrituras y bajo las apariencias de pan y vino, le hablo a Jeremías y luego a través de Jeremías, y el desea hacer lo mismo contigo y conmigo.

Al dirigirnos a nuestra lectura del Evangelio de hoy, descubrimos la clave para hacer que esto suceda, y la clave es…temor. Sí, eso es correcto, temor, pero debe ser el tipo correcto de temor y debe tener un objeto muy específico. Escuchen como nos dice Jesús, “no teman a los que solo pueden matar al cuerpo, pero no el alma; Teman más bien al que puede destruir alma y cuerpo en el infierno” (Mateo 10:28). Debemos retroceder para descubrir que aquellos a quienes no debemos temer son del mismo tipo que persiguieron al profeta Jeremías, i.e. aquellos que se niegan a creer en la Palabra de Dios. En una hermosa conexión a nuestra primera lectura, Jesús les había dicho previamente a sus discípulos que cuando los envía “como ovejas en medio de lobos” (Mateo 10:16), ‘no serán ellos los que hablan sino el Espíritu de su Padre el que hablara en ustedes’ (Mateo 10:20). Este Espíritu es el mismo fuego de amor que el profeta no podía contener dentro de él, sino que tenía que hacer presente al aire para que Su Palabra pudiera encender el mundo (cf. Jeremías 20:9). Sin embargo, mientras que Jesús nos dice que no necesitamos temer a este grupo de burlones, hay uno a quien debemos temer (cf. Mateo 10:28). Y perece que podemos leer esto de dos maneras. Primero, el que puede matar al alma podría ser Satanás, el padre de las mentiras, quien intenta a seducirnos para que nos alejemos de Dios y así elegiremos voluntariamente nuestra propia muerte. Sin embargo, hay una segunda posibilidad aquí que encuentra precedencia en la tradición, y eso es que este podría de hecho ser Dios mismo, quien finalmente juzgara el lugar de eterno descanso de cada uno de nosotros, para algunos abriendo la puerta a la vida eterna, y para otros las entrañas de una vida eternamente privada de su presencia y por lo tanto de la muerte final (cf. Mateo 25:31-46).

De hecho, encontramos múltiples instancias de ser exhortados a temer a Dios en el libro de Jeremías. Por ejemplo, en el capítulo cinco, verso veintidós, oímos a Dios decir a través del profeta, ¿A mí no me temen…ni tiemblan delante de mí? De mí que puse la arena para atajar el mar, como una cerca eterna que no puede saltar.” Noten por favor la conexión con nuestra lectura del Evangelio. En ambos casos el temor está siendo convocado a través del reconocimiento de que solo hay Uno que tiene soberanía absoluta sobre toda la creación, cuidando su obra por un decreto eterno para que no caiga en completo desorden. Aquí es el mar, una fuerza natural más poderosa que cualquier arma humana, y en nuestro Evangelio son los pájaros del aire (cf. Mateo 10:29 y 31). Por supuesto que las palabras del profeta son mucho más inspiradoras del miedo del que podríamos llamar el sentido tradicional que las palabras de nuestro Señor hoy. Sin embargo, para capturar el sentido correcto de este miedo, podríamos buscar en otro lugar en el trabajo de Jeremías. En la segunda mitad del libro, cuando la destrucción es segura, el profeta pasa de las proclamaciones de destrucción a las de consuelo, y aquí encontramos exactamente lo que buscamos. En el capítulo treinta y dos, Dios cuenta como reunirá a la gente que había sido dispersada, trayéndolos a su tierra natal agregando, “ellos serán mi pueblo y yo seré su Dios. Y les daré un solo corazón y una sola manera de vivir, para que guarden siempre mi temor, para bien de ellos y de sus hijos después de ellos. Pactare con ellos una alianza eterna y no dejare de acompañarlos para hacerles favores. Infundiré mi temor en su corazón para que no se aparten de mí. Me alegrara hacerles bien, y los plantare sólidamente en esta tierra, con todo el empeño de mi corazón” (Jeremías 32:38-41).

Este temor suena muy diferente al que se menciona en el pasaje anterior. Recuerden que el profeta ahora le habla a un pueblo roto y mallugado, golpeado de la misma manera que el profeta había sido, solo al milésimo grado. Y se les había dicho exactamente por qué les había caído el desastre, se habían alejado de Dios. Este temor es entonces admiración abrumadora, maravilla sin palabras de Aquel que había sido tan despreciado y rechazado y pudiera amar sin fallar, ¡pudiera ser tan generoso como para hacer aquello que estaba tan completamente roto tan radiantemente nuevo! Este es el temor del Señor que el Espíritu Santo inspira dentro de nosotros, un temor que se describe como un placer para aquellos a quienes se les otorga (cf. Isaías 11:2).

Amigos míos, ¡hoy escuchamos el amor de Dios Encarnado haciéndole eco al mismo mensaje proclamado a través del profeta Jeremías siglos antes! Es un mensaje de cuidado tierno, un cuidado que supera el de la más cariñosa madre. ¡Escuchen! “hasta sus cabellos están todos contados” (Mateo 10:32). Simplemente no hay palabras para describir este tipo de cuidado, pero hay un retrato, un icono, si así quieren, que habla tan elocuentemente del amor que se preocupa por nosotros que cualquier intento de describirlo con palabras se rinde a suspiros de asombro; Este icono del que hablo, escrito en el mismo tejido de la creación, es la Cruz. Hoy el mismo Salvador convoca entre nosotros un temor proprio al Señor, una sensación abrumadora de admiración por el amor que vino a hacer visible con cada paso, para que pudiéramos aprender este ritmo de amor, y unirnos armoniosamente a la canción; confesándolo ‘ante todos los hombres,’ con la firma confianza de que el ‘nos reconocerá ante su Padre’ (Mateo 10:32). Teniendo la oportunidad de participar en un opus eterno hace que todos los días sean lejos de ordinario.

Señor, Jesucristo, tu no despreciaste ser conocido como un miembro de la raza humana, sino que en vez te agrado la idea de recrear lo que una vez habías ya creado, y así te dignaste a ser visto, oído, y tocado por nosotros, tu familia herida: Para que envueltos en el abrazo Divino, tu descenso pudiera resultar en nuestro ascenso. Ayúdanos este día a cantar una nueva canción de maravilla, regocijándonos por siempre en el amor que tu revelas donde vives en unidad con el Padre y Espíritu Santo, un solo Dios, por los siglos de los siglos. Amen.

Su sirviente en Cristo,

Tony

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