La Vida Que Quita La Sed

Tercer domingo de Cuaresma: 3-19-17

La jornada Cuaresmal es difícil y así está destinada a ser.  Empezamos con un recordatorio el Miércoles de Ceniza que, aparte de Dios, no somos nada más que polvo y cenizas.  Luego en el primer domingo de Cuaresma fuimos enfrentados con la realidad de qué algún día este polvo y cenizas, a veces tan vivas  con el Espíritu Santo, por ultimo cederán su animación a las arenas del tiempo; La razón es que hemos sido separados de Aquel que solo él es capaz de darle a esas partículas la vida.  Así se nos llamó a una vida de oración, ayuno y a dar limosna en imitación de Cristo para que; Al alejarnos de nuestro falso sentido de sí mismo, poder una vez más seguir quien verdaderamente somos y a comenzar a vivir vidas más plenamente humanas.  Esto se puede oír como algo inútil, después de todo, si somos mero polvo y cenizas destinados a la corrupción, ¿Qué diferencia hará un poco de abnegación? Luego, el pasado fin de semana se nos recordó porque es; que aunque todo lo que le tenemos que ofrecer a Dios es el pequeño tiempo y el material que se nos ha dado; Esto es precisamente lo que el más desea; porque como buen y amoroso Padre, no desea nada más que compartir su vida con aquello que no la puede poseer por sí solo.  Nos dimos cuenta de esto en la Transfiguración de Cristo, un acontecimiento que dio la luz al hecho  de que El que infundio la vida al polvo y ceniza, lo hizo precisamente para compartir la misma gloria que es la Vida Divina.  Sin embargo, al mismo tiempo se nos recordó que esta transfiguración no se llevara a cabo de una vez, ni se cumplirá en una vida, sino que estamos llamados a una peregrinación en medio de este valle de sufrimiento, tristeza y lágrimas, con la esperanza de que el Dios que primero llamo a Adán a la vida, y que llamo a Abram a que fuera en la jornada con él, nos acompañe también a nosotros y que nos conduzca con seguridad al albergue de nuestro eterno hogar.

Así, se nos jala de aquí para allá entre la vida y la muerte; Oímos que se nos proclama la realidad que experimentamos dentro de nosotros mismos diariamente.  A veces nos sentimos más vivos y esperanzados que nunca, mientras que otras veces sentimos que la vida se desliza más lejos con cada segundo que pasa.  Dentro de esta temporada de Cuaresma experimentamos los triunfos de la abnegación, sintiendo que cuando nos alejamos de las cosas del mundo nos volvemos más vivos; Y sin embargo, en otras ocasiones esta misma practica se vuelve abrumadora, nos sentimos frustrados por nuestra inhabilidad de hacer gran progreso, después de todo, me niego a sí mismo, pero que gano, porque todavía deseo regresar corriendo a toda inclinación vana…hasta la última, las cuales resolví dejar por atrás.  Dicho simplemente, en esta temporada más que en ninguna otra, se coloca nuestra fragilidad al centro de atención y deseamos encontrar una sombra reconfortante para escondernos atrás de ella.

Habiendo sido bendecidos con inteligencia, nosotros los seres humanos, somos creativos cuando se trata de encontrar sombras para escondernos atrás de ellas.  Una sombra puede tomar la forma de una sonrisa falsa, o una “enfermedad” oportuna; Otras veces es un simple “estoy bien gracias, ¿Cómo estás tú? O tomen por ejemplo la mujer Samaritana en la historia del Evangelio de hoy, su sombra era el calor ardiente del mediodía, como nos dice Juan que fue a sacar agua a la sexta hora, o al mediodía (Juan 4:6).  Podemos pensar que este era un buen tiempo del día para sacar agua como cualquier otro tiempo para hacerlo, después de todo, ella tendría la mejor luz, no en el antiguo Medio Oriente.  Por el calor del mediodía, las mujeres muy a menudo iban a sacar agua temprano por la mañana.  Por lo tanto, simplemente diciéndonos la hora del día, el autor sagrado nos ha dejado entrar en un secreto; Esta mujer les está huyendo a las otras mujeres del pueblo, ella tiene algo que ocultar o ella está escondiendo algo; En este caso, es el ridículo de las otras mujeres.  Como llegamos a saber, esta mujer ha sufrido la ocurrencia de cinco divorcios y corrientemente vive con un hombre que no es su marido (Juan 4:18).  Esto puede parecer de poco significado para nuestras “sensibilidades” modernas, pero para esta mujer ¡esto era la causa de gran vergüenza! En el mundo antiguo, una mujer necesitaba un marido para tener los medios para vivir.  Además, podemos suponer que sus cinco maridos anteriores habían resuelto que no tenían ningún uso  para ella y el hombre con quien vivía ahora evidentemente no veía la necesidad de hacer a una mujer “como ella” su esposa.  En breve, esta mujer ha sido usada, denigrada, y abandonada, y se siente avergonzada tal vez porque ella sabe que ha hecho algunas elecciones en el pasado que la han llevado por este camino, o tal vez simplemente porque se da cuenta de que ella es el objeto de ridículo de las otras mujeres del pueblo; Tal vez por ambas cosas, no podemos estar seguros.

Hay algo más en que fijarnos en la hora, del día que nos da el sagrado autor.  Recuerden que estamos escuchando del Evangelio de Juan esta semana; El mismo Evangelio cuyo famoso prologo nos dice que Cristo, la Palabra de Dios encarnado, “tenía vida en él, y para los hombres la vida era luz.  La luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la impidieron…Él era la luz verdadera, la luz que ilumina a todo hombre, y llegaba al mundo. Ya estaba en el mundo, este mundo que se hizo por él, este mundo que no lo recibió” (Juan 1:45 y 9-10).  Es precisamente este contraste entre luz y oscuridad que el sagrado autor desea comunicarnos señalando la hora del día.  La mujer oscurecida por haber quedado corta de ser quien fue creada para ser (i.e. por su pecado), está a punto de encontrarse con quien solamente puede derramar luz sobre esa oscuridad y expulsarla de su ser, haciéndola entera otra vez.  Y aun, ¿Cómo haría esto Cristo? ¿Simplemente hablando con ella? ¿Qué le podría decir que cambiaría sus circunstancias? Después de todo, como el autor Greco Agathon nos recuerda, ‘incluso a Dios se le priva del poder de hacer que las cosas que ya han pasado nunca hubieran pasado.’

La manera en que Jesús iba a afectar esta transformación en la vida de esta mujer se hace conocido por otro elemento en la escena, el pozo.  En las Escrituras Hebreas, los pozos sirven como un lugar en donde la gente encuentra a su esposo o esposa.  Por ejemplo, Isaac encuentra a Rebeca en un pozo (Génesis 24:10-15), Jacob se encuentra con Raquel en un pozo (Génesis 29:1-9), y Moisés se encuentra con Sefora en un pozo (Éxodo 2:15-21).  Así, aquí la mujer Samaritana se encuentra con su verdadero Esposo, el Esposo que ella realmente anhela, aunque ella no lo reconoce y que él ha buscado desesperadamente aunque ella no lo supiera.  ¡Fíjense en la belleza aquí! Nuestro Dios no tiene miedo ni se desanima con nuestra pecaminosidad.  En cambio, como el filántropo par excellence el desea ser uno con nosotros para abolir el pecado del que sufrimos y para hacernos enteros, sabiendo que la única manera en que podemos ser enteros es ser uno con él, tan íntimamente como un eterno abrazo entre marido y esposa (cf. Oseas 2:3).  Esto es precisamente por lo que Jesús le pregunta a la mujer acerca de sus matrimonios anteriores.  Haciéndola admitir sus defectos precisamente para que ella pueda liberarse de ellos, y ser tomada en el abrazo de Aquel que realmente puede proporcionar manantiales de agua viva que puede saciar su sed de integridad personal y verdadero amor (cf. Juan4:13-14).  Verdaderamente esta es una imagen hermosa, y sin embargo, imagínense el dolor que debe de haber llegado sobre a la mujer como la Luz penetro en las profundidades de su vergüenza, exponiendo sus defectos (Juan 4:16-18).  Alejarse del pecado e ir hacia la plenitud de la vida nunca es fácil; Siempre es doloroso cuando nos acostumbramos e incluso somos consolados por nuestro pecado, “Tan gran es la ceguedad de los hombres que incluso se glorifican en su ceguera” (San Agustín de Hippo, Confesiones Libro 3.3); Por lo tanto, cuando nos volvemos hacia la luz es tan abrumadora que nos causa dolor.

Vemos un buen ejemplo de lo difícil que es cambiar para mejorar en nuestra primera lectura de hoy del Libro de Éxodo.  Allí nos unimos al pueblo de Israel mientras hacen la jornada por el desierto hacia la Tierra Prometida, libres de los lazos de la esclavitud pero no de sus comodidades.  Al encontrarse con dificultad en su jornada, la gente se queja con Moisés, “?Porque nos has hecho salir de Egipto? ¿Para qué ahora muramos de sed con nuestros hijos y nuestros animales? Éxodo 17:3), “!Ojala Yave nos hubiera hecho morir en Egipto! Allí nos sentábamos junto a las ollas de carne y comíamos pan en abundancia…” (Éxodo 16:3).  Sin embargo, Dios en su misericordia se compadeció de Moisés y los Israelitas y les proporciono agua de roca seca, trayendo vida de donde no había vida antes (Éxodo 17:6; cf. Génesis 2:7).  Y aun, Dios no está satisfecho; Porque el no solo desea sostenernos en una vida de media existencia, el viene precisamente para estar dentro de nosotros “un chorro que salta hasta la vida eterna” (Juan 4:14); i.e. para hacernos partícipes de la vida divina, a fin de que también nosotros podamos llamar a los demás a la plenitud de la vida como lo hizo la mujer Samaritana (Juan 4:29).

Amigos míos, hoy debemos vernos  a nosotros mismos en la mujer Samaritana, porque compartimos su misma situación difícil; Porque nosotros también hemos quedado cortos de ser quienes fuimos creados para ser y lo hacemos incontables veces al día, sin embargo, debemos de imitar el valor de la mujer Samaritana, que aunque con mucha vergüenza no se negó a buscar la Verdad que estaba ante ella (Juan 4:15).  Esta es precisamente la oportunidad que la Temporada de Cuaresma nos proporciona y es a la vez su belleza y dificultad, pues nos proporciona el tiempo y los medios de enfocar la Luz donde más se necesita, aquellas partes de nosotros que están más rotas.  Son estas partes de nosotros que Dios desea que se le dé acceso a aquello que está desnudo por el tiempo que se dedicó a la oración y al ayuno; Porque poniendo al lado las cosas del mundo, la Palabra de la Verdad que Dios nos habla en su Hijo se oye más fácilmente.  A través de él, Dios da Luz al alma, y “cuando Dios le da luz al alma, el no solo la hace que se dé cuenta de su propio estado miserable ante Dios…sino que Dios también hace que el alma se dé cuenta de su grandeza y excelencia” (San Juan de la Cruz, La Noche Oscura del Alma, Libro 1.11.4), precisamente para que nuestros sentidos vuelvan a darse cuenta y sean atraídos por la belleza de la vida divina ¡que fuimos hechos para participar de ella! Hoy debemos permitir que la Luz de la Vida brille en nuestros corazones, porque cuando lo hagamos, nuestro deseo de la vida de Dios será magnificado de tal manera que no permitiremos que nada nos disuada de saciar nuestra sed en la fuente de la Vida.

Su sirviente en Cristo,

Tony

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