La Oración de los Exaltados

XXX Domingo Ordinario: 10-23-16

the-exaltedLa Paz Sea Con Ustedes,

En el transcurso de las últimas semanas hemos recibido una educación sobre las dinámicas complicadas que rodean nuestras vidas.  Hemos sido llamados a imitar el Amor que nos ha traído a la existencia siendo caritativos unos con otros.  (e.g. las parábolas del mayordomo deshonesto, y la de Lázaro y el hombre rico) reconociendo nuestra naturaleza reflexiva como creaturas que poseen el imago Dei.  Además, se nos ha pedido a que reconozcamos nuestra radical dependencia en Dios para nuestra propia existencia, y basado en este reconocimiento se nos recuerda que si hemos de vivir la vida al máximo, debemos mantener el diálogo abierto con la base de nuestro ser a través de la oración constante (e.g. la parábola de la viuda) y la que es caracterizada por el agradecimiento (e.g. la parábola de los diez leprosos).  Este fin de semana, se nos dan dos ejemplos que nos dan una visión del camino que tenemos por delante.

Vivimos en una cultura donde “todo es acerca de mi” desde nuestra participación en los medios sociales, a la formación que recibimos en nuestra educación, hasta las mismas casas en que vivimos, la cultura que nos rodea nos obliga a formar nuestra propia identidad.  ¿Por qué? La sabiduría cultural prevalente nos sugiere que es en esto que podemos encontrar la felicidad ¿Por qué razón hacemos lo que hacemos si no es para poseer un sentido de seguridad y de satisfacción? Pero ay, cuanto más nos esforzamos para obtener esos tesoros que son puestos enfrente de nosotros como poseyendo la habilidad de reforzar nuestra propia identidad y dar significado a ella, cuanto más estas cosas (e.g. carros, dinero, placer, una carrera ilustre) demuestran que son incapaces de satisfacer.  Y así seguimos continuamente buscando la manera de probar a los demás que somos realmente felices.  Un casual examen de Facebook o de Twitter demuestra esto.  Constantemente ponemos fotos de nosotros mismos con nuestro último juguete o algo que demuestre nuestro último logro, y todas esas caras sonrientes nos llaman a que reconozcamos algo, nos piden que afirmemos una cosa: “¿Ven lo feliz que estoy?” Pero aunque expresando todos estos ademanes, al fondo parece que lo que realmente está pasando es una súplica para responder a una pregunta muy diferente: “¿Es esto lo que es ser feliz?

El primer individuo  en el mensaje del Evangelio para hoy nos introduce a alguien que se sentiría muy confortable en la cultura social de “todo es acerca de mi.” Jesús nos habla de un fariseo que va al templo a orar (o tal vez deberíamos decir, que va al templo aparentemente a orar) y procede a decirle a Dios lo grande que es diciendo, “Oh Dios, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, que son ladrones, injustos y adúlteros, o como ese publicano…Ayuno dos veces por semana y doy la décima parte de todas mis entradas” (Lucas 18:11-12).  Primero les pido que consideren, ¿no es este tipo de monologo que impregna la mayoría de los mensajes que vemos en las redes sociales hoy en día? En segundo lugar, miren el contenido de la “oración,” incluye todas las cosas que Jesús nos pide que hagamos en las últimas semanas.  Este hombre dice que es generoso con lo que se le ha dado, que reza, y es, sobre todo agradecido por lo que se le ha dado.  Y sin embargo, ¿quién de nosotros escuchamos este pasaje y no nos repugna inmediatamente esta ampulosidad? Entonces la pregunta que debemos hacer es ¿Dónde se equivocó este hombre? La respuesta se encuentra en como este hombre habla sobre el otro individuo que ese día vino al templo para rezar, un recaudador de impuestos.

Para la antigua comunidad judía, tal vez no había un individuo más odiado que el recaudador de impuestos.  Eran vistos como traidores nacionales a dos niveles.  Primero recaudaba impuestos de sus compatriotas en nombre de Roma, el poder extranjero que los ocupaba.  En segundo lugar, tenían el hábito de  sobrecargar a la gente con los impuestos, manteniendo su propia entrada y estilo de vida de esta manera, así que básicamente eran ladrones.  En breve los colectores de impuestos eran los canallas, rechazados por el resto de su comunidad.  Evidentemente este tipo de tratamiento tuvo algún efecto sobre el recaudador de impuestos que se nos presenta este día.  El siente esta separación, siente que ha ofendido a otros y a Dios en el proceso y así, cuando viene a rezar se queda muy lejos ni siquiera quiere ser notado tratando de evitar la mirada castigadora de Dios y de sus compañeros Judíos, y silenciosamente dice: “Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador” (Lucas 18:13).  Para muchos de nosotros, este tipo de charla auto deprecativa es tan repulsiva como la demostrada por el primero, y sin embargo, esta es la oración que Jesús sostiene como un ejemplo para nosotros.  ¿Por qué? ¿Es porque Jesús quiere hacernos sentir pequeños, o sin valor? Absolutamente que no, pero nos pide que reconozcamos nuestra finitud, nuestra pequeñez, nuestra pecaminosidad.  ¿Por qué? Precisamente porque es solo en el reconocimiento de estas cosas que una relación con Dios tiene sentido.

Declararse uno mismo justo y autosuficiente es declararse a sí mismo como no teniendo necesidad de Dios. Lo que Jesús está señalando es que al pronunciar la oración que hizo, el fariseo se ha declarado completo, podríamos decir redimido o salvado, y si este es el caso, no tiene necesidad de Dios. Esto es precisamente de lo que Jesús nos está advirtiendo hoy. Esto no quiere decir que no debemos hacer las cosas que hace el fariseo, lejos de ello, debemos ser bondadosos con lo que se nos ha dado, debemos ser honestos, fieles y agradecidos, porque como vimos hace un par de semanas, es natural que uno creado a la imagen de Dios sea estas cosas. Sin embargo, nunca debemos considerarnos como un proyecto completo; más bien debemos continuamente, como nos dice Pablo, “sigan procurando su salvación con temor y temblor” (Filipenses 2:12). Esto significa hacer las cosas que el fariseo dice que ha hecho, pero no con la idea de hacernos un gran personaje, como él ha tomado la ocasión de hacerlo, sino más bien con un enfoque claro en cuál es la razón por lo que hacemos estas cosas, i.e. para acercarnos cada vez más al Dios que nos creó.

En nuestra segunda lectura de la Segunda Carta de Pablo a Timoteo, encontramos al gran apóstol cerca del final de su vida. Sabiendo que está a punto de enfrentar la muerte, le escribe a su amigo, Timoteo, en esencia diciendo adiós. Tomen en cuenta el lenguaje que Pablo usa aquí. Dice que ya está siendo derramado como una libación (4:6), dando a entender que se está ofreciendo a Dios, y habla de esto utilizando la metáfora de correr una carrera (4:7). En otras palabras, ha ejercido gran esfuerzo en vivir la fe que se le ha regalado, y porque ha hecho esto, porque ha dado todo lo que tiene y es en viviendo esta fe que se acerca al final de su vida con plena confianza de que Aquel con quien ha buscado la unidad en todo esto le premiara con Su presencia, i.e. la plenitud de vida (4:8). Es más, le escribe a Timoteo que Dios así lo hará para todos aquellos que viven de tal manera.

Amigos míos, el método de Pablo es el método del recaudador de impuestos. Él es capaz de enfrentarse a lo que le espere el resto de su vida porque sabe que “La oración del humilde atravesará las nubes; no se consolara hasta que no sea escuchado (Sirácida 35:17), y El que adora a Dios con todo su corazón encontrara buena acogida su clamor llegará hasta el cielo” (Sirácida 35:16). Este debe ser nuestra táctica también. Debemos seguir viviendo la vida de amor que Jesús nos llama a vivir, no para que otros nos vean y digan, “Que persona tan buena, ojala yo fuera así!” sino más bien, porque es solo haciéndonos pequeños, haciéndonos humildes, que podremos permanecer conectados con nuestro Dios. Y si lo hacemos así, podemos estar seguros, como Pablo, que Dios nos librara de todo mal y me salvara llevándome a su reino celestial (2 Timoteo 4:18) porque nos ha prometido que “el que se humilla será enaltecido” (Lucas 18:14), no porque habremos llegado a ser grandes por nuestra propia cuenta, sino porque Dios estará vivo en nosotros – esta es la verdadera felicidad.

Su sirviente en Cristo,

Tony

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