Imaginación Eucarística

Solemnidad del Cuerpo y Sangre de Cristo: 6-18-17

La Paz Sea Con Ustedes

Los últimos dos domingos hemos celebrado un desencadenamiento del Cielo, por decirlo así.  Hace dos semanas, la temporada de la Pascua culmino con la fiesta de Pentecostés, celebrando la venida del Espíritu Santo.  Luego el pasado fin de semana, uno de los dos misterios al centro de la fe Cristiana (el otro es la Encarnación), el misterio de nuestro Dios Trino; En esencia uno pero en Personas tres.  Hoy, entonces, llegamos  la Solemnidad del Cuerpo y Sangre de Cristo, que tradicionalmente es referido  como Corpus Cristi.  Con esta celebración, la nube de misterio que ha descendido sobre nosotros y nos ha envuelto en las últimas dos semanas ha alcanzado ahora su estado más denso porque el misterio que celebramos hoy no solo es invisible sino visiblemente invisible.

El misterio cotidiano hecho presente en la liturgia Eucarística de la Iglesia y que nos plantea para una contemplación más intensa, nos confronta hoy con la realidad que el Hijo de Dios se Encarnó ‘no para traer la paz sino una espada; Poner a un hombre contra su padre, y una hija contra su madre…’ Mateo (10:34-35).  Me doy cuenta que puede parecer extraño comenzar una reflexión sobre el sacramento de la unidad de esta manera, pero la historia hace que esto sea un hecho inevitable.  La doctrina de la Iglesia acerca de la Eucaristía, tal vez más que cualquier otra doctrina, causo mucha tensión y división dentro del  Cuerpo de Cristo.  Las razones para esto son, sin duda numerosas.  Sin embargo, por último, la raíz del problema parece ser que sufrimos de lo que Agustín llamaría una imaginación pedestre (cf. Sermón 52:19).

Ahora, antes de ser malentendido, no estoy de ninguna manera sugiriendo que el misterio del que hablamos es de alguna manera una creación fantasiosa de la mente, ni estoy sugiriendo que la Presencia hecha presente sobre el altar sea una creación de fe, porque el Señor anima los elementos terrestres con su Presencia Divina sí o no elegimos a permitir que nuestros corazones experimenten lo que nuestros sentidos no pueden experimentar.  En cambio, esta imaginación de la que hablo es una verdadera manera de conocer, un método de descubrimiento que permite un encuentro del tipo más profundo, haciendo presente lo que esta fuera del alcance de la ciencia y la tecnología más avanzada.  Por lo tanto, yo sugeriría que para comenzar, incluso a apreciar el misterio traído ante nosotros para la contemplación, debemos dejar detrás nuestra usual manera de conocimiento que es generalmente mundano.  En cambio, debemos permitir que el don de la fe que hemos recibido y el amor con el que el Espíritu Santo nos ha encendido para elevar nuestros corazones a un lugar donde el amor se convierte en conocimiento y la fe se convierte en poder ver.  Hacerlo así es participar en la imaginación Eucarística que ha animado a la Iglesia durante siglos, y que, como veremos, La ha llevado a una comprensión aún más profunda del don que ella recibe diariamente.  Aminados con tal fe y amor, podemos tener la firme esperanza de que lo que la Iglesia nos ensena acerca de este sagrado misterio es verdad, pues son las palabras del Amado, susurrándonos lo que Ella ha experimentado en el abrazo de Aquel que la amo hasta el punto de la muerte, incluso muerte en la cruz (Filipenses 2:8).

Como comenzamos, haríamos bien en recordar el significado de la palabra “eucaristía.” La palabra “eucaristía” viene de la palabra griega “eukharistia” que significa “acción de gracias.” Y es precisamente una respuesta de acción de gracias que el sacramento intenta a evocar de nosotros.  No, sin embargo, a un nivel emocional, como si estuviéramos simplemente respondiendo a un regalo material, o como una respuesta cortes a un recordatorio gentil traído a nuestra atención del precio que se ha pagado por nuestra salvación; Sino un acto de acción de gracias que describe nuestra orientación existencial, animando todos nuestros movimientos; Mas sobre esto después.  Encontramos este aspecto más crucial de la vida Cristiana subrayado por nuestras lecturas de hoy.  Como siempre, es importante que recordemos que el mismo Dios hecho presente durante nuestra celebración Eucarística ha estado trabajando, educando y alimentando a la familia humana desde lo inmemorial, llevándonos hacia un estado de perfección cada vez mayor.

Nuestra primera lectura nos encuentra una vez más uniéndonos al pueblo de Israel mientras viajan por el desierto.  Aquí la gente de Dios se acerca al final de su viaje y se están preparando para entrar a la Tierra Prometida y su líder, Moisés, les está exhortando a no olvidar la Divina Providencia que  los había cuidado hasta ahora. ¿Por qué el recordatorio ahora? Están a punto de entrar a una tierra que mana con leche y miel, la Tierra Prometida, y aunque tendrán que superar mucha adversidad para poseerla por sí mismos, la poseerán de acuerdo con la promesa que les hizo Dios (cf. Éxodo 3:17).  Y, como los humanos se inclinan a hacer, asumirán que han hecho esto por su cuenta, bajo su propio poder y según su propia voluntad; En breve, se harán orgullosos.  Esto es precisamente lo que Moisés esta tratando de ayudarles a evitar, recordándoles a los Israelitas que han sido los beneficiarios especiales del tierno cuidado del Amor Divino, y así, lo que están a punto de recibir es puro regalo.

Desafortunadamente, como se escucha desde la banca en la Iglesia, hay varios versos excluidos del mensaje de Moisés a la gente.  Digo desafortunadamente porque aunque se nos recuerda de la mana de acuerdo con la solemnidad de hoy, nos perdemos de un montón de otros ejemplos.  En los versos omitidos, Moisés les recuerda a la gente como Dios les ha proporcionado su ropa y bienestar físico (Deuteronomio 8:4), y más que esto, él no ha actuado simplemente como un padre que está a veces presente, que envía un cheque de apoyo infantil de lejos, sino que ha estado continuamente presente ‘disciplinándolos como un padre disciplina a un niño’ (Deuteronomio 8:5), enseñándoles a vivir la vida como se debe vivir (Deuteronomio 8:6).  Y todo esto fue hecho precisamente para que pudieran llegar al punto en que ahora se encontraban, a punto de heredar una tierra propia; Una tierra en la que podrían vivir en libertad, una tierra que facilitaría proporcionar todas sus necesidades materiales (Deuteronomio 8:7-10), una vida cuya descripción resuena a la del Edén, siempre que el pueblo no se olvide de su Dios.

A este punto haríamos bien en extender brevemente acerca de la mana que juega un papel central en todo esto; Un alimento que la Biblia llama el pan del cielo (cf. Éxodo 16:4), y el pan de los ángeles (cf. Salmo 78:23-25).  Y para esto nos salimos de la primera lectura de hoy, regresando al capítulo 16 del Libro de Éxodo, donde este alimento milagroso aparece primero.  Aquí quiero subrayar dos cosas.  Primero, este milagroso pan del cielo fue provisto por Dios para la gente diariamente y en la cantidad que cada uno necesitaba para satisfacer su hambre (Éxodo 16:12 y 21).  Esto era cierto con la única excepción para el sexto día de la semana, en este día la gente recogía doble la ración de lo que necesitaban a fin de poder abstenerse del trabajo de colección el sábado (Éxodo 16:5).  Y a fin de que se siguieran estas reglas, si la gente trataba de guardar más de lo que necesitaban planificando por adelantado, por así decirlo, para evitar no tener nada al día siguiente, este pan milagroso se pudría después de un día (Éxodo 16:20), excepto en el sábado cuando Dios les dijo que guardaran extra (Éxodo 16:24).  Las cualidades milagrosas del pan nos conducen a nuestro segundo punto.  Al actuar de tal manera, el mana era mucho más que sustento físico.  En cambio, el mana era un signo de una verdad mucho más profunda.  Para nuestros propósitos podemos dividir esto en dos puntos.  Primero, la gente no podía planear por adelantado, por así decirlo, y guardar el necesario alimento que les proporcionaría otro día de vida porque el alimento se pudría.  Esto es un signo de la realidad de que somos radicalmente dependientes de Dios para cada día y cada momento de nuestras vidas, si el dejara de darnos cuotas diarias e incluso momentáneas de la fuerza que nos anima, simplemente pereceríamos.  En segundo lugar, el pueblo recibe este don de vida para un propósito, para dar honor, gloria y alabanza a su Dios.  Vemos esto en que la gente no debía recoger comida el sábado, sino que debían dedicarse a observar esta celebración semanal.  Tomados en conjunto entonces, el mensaje está claro, a la gente se les da vida precisamente para cumplir el propósito para el cual Dios los había liberado de la esclavitud en Egipto, lo que fue repetidamente declarado a Faraón, ‘Deja ir a mi pueblo para que me adoren’ (cf. Éxodo 3:12, 3-18, 4:22-23, 5:12, etc.).

Con todo esto en mente, ahora volvemos a nuestra lectura del Evangelio de hoy.  Ahí, nos encontramos cerca del final de Juan capítulo 6, el famoso “Discurso del Pan de la Vida.” Nuestro pasaje particular, que es solo una sección muy, muy pequeña de todo el discurso, comienza con Jesús pronunciando las palabras “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo.  El que coma de este pan vivirá para siempre.  El pan que yo daré es mi carne, y lo daré para la vida del mundo” (Juan 6:51).  Aquí hay dos cosas para ponerles especial atención.  Primero, la frase con la que nuestro Señor comienza aquí debe recordarnos inmediatamente de la mana porque se describe literalmente a si mismo con las mismas palabras que Dios había descrito la mana a Moisés, i.e. ‘pan del cielo.’ El segundo elemento es un poco más  velado debido a la traducción.  El verbo aquí traducido como “come” es una traducción del verbo griego phago, que significa comer, llevando a la connotación de simplemente comiendo.  Esto es quizá una imaginación pedestre, sin embargo, se vuelve aún más extraño cuando nos fijamos más a la respuesta de Jesús tras la objeción de sus oyentes que parecen de esta misma enfermedad preguntan ¿Cómo puede este darnos a comer carne? (Juan 6-52); La misma pregunta que no sería tan implícitamente preguntada por algunos Cristianos aproximadamente unos 1500 años más tarde, y que algunos todavía preguntan hoy.  Ahora uno pensaría que si estos individuos tenían la idea incorrecta Jesús aclararía.  Pero en vez, el intensifica su lenguaje, y en el verso 54 cambia la forma del verbo phago a trógó, que significa roer, masticar o ronzar.  Luego, después de intensificar su lenguaje, Jesús les asegura a los oyentes, “el que coma de este pan vivirá para siempre” (Juan 6:58).

Entonces tenemos una final pregunta que preguntar; ¿Cuándo se dio este pan? En la noche anterior a su muerte, el Salvador del mundo tomo pan, pronuncio la bendición, lo partió, y lo dio a sus discípulos, diciendo.  Tomen y coman; esto es mi cuerpo’ (Mateo 26:26; CF. Lucas 22:19).  Entonces hiso lo mismo con una copa de vino diciendo “Beban todos de ella; esto es mi sangre, la sangre de la Alianza, que es derramada por muchos, para el perdón de sus pecados” (Mateo 26:27-28; cf. Lucas 22:20).  Para ser breve, podemos señalar dos cosas aquí.  Primero, debemos notar que Jesús está ofreciendo todo su ser a sus discípulos, toda su vida, para que literalmente lo tomen en sí mismos para que se unan a el de una manera más profunda de lo que jamás se había imaginado; Una unidad cuya implicación es tan profunda e impenetrable que si no se acepta en amor pasa desapercibida, y se desperdicia. En segundo punto sigue y se encuentra en las palabras del Salvador mismo; Este don es dado para el perdón de los pecados.  Si entendemos que el pecado es una separación de Dios, qué más puede significar esto sino que este pan da verdadera vida porque elimina la separación entre nosotros y Dios ¡actualizando esta misma unidad! Si podemos ser tan atrevidos, podemos decir en cierto sentido que el propósito de la vida, muerte y resurrección del Hijo Encarnado es la Eucaristía; Porque actualiza el propósito para el cual hemos sido creados de una manera real aquí y ahora; Unidad con el Dios que nos amó a ser.  Por supuesto, ejercemos esta realidad envuelta en un velo de misterio aquí y ahora.  Sin embargo, esto no hace menos la misma realidad que los santos experimentaran por toda la eternidad, tomando el amor que nos llamó a ser desde el primer momento de la concepción y que nos llamara a casa el momento en que extraemos nuestro último aliento.

Amigos míos, la recepción de la Eucaristía es un anticipo del cielo porque ¡es la unidad con nuestro Dios! Seguro que nunca apreciaremos completamente ni entenderemos este regalo a este lado de la eternidad.  Yo supongo que si pudiéramos, la experiencia sería tan abrumadora que nuestros corazones dejarían de latir, ya que también se detendría para contemplar la maravilla enfrente de él.  Regresando a círculo completo, entonces, a donde comenzamos, hacemos este punto final.  Después de que Dios había creado a Adán y Eva en el jardín, los dejo libres para que experimentaran toda la belleza, la obra maestra que acababa de llamar a ser, que tenía que ofrecer, con una excepción (Génesis 2:16).  Trágicamente, desafiando esa excepción, nuestros primeros padres orgullosamente extendieron la mano a un árbol y trataron de tomar la vida por si mismos en sus propios términos en la forma de una manzana, abriendo la puerta para que la muerte entrara al mundo.  Hoy recibimos posición al pie de otro árbol, el árbol de la vida, la cruz de nuestro Salador; Y ¡allí recibiremos el pan de la vida que nos mantendrá seguros para la vida eterna! Tal regalo no  se ve con ojos humanos, sino solo con la imaginación Eucarística de la Iglesia que, nutrida por la misma vida de Cristo, nos conduce intuitivamente a responder en acción de gracias.  Es esta acción de gracias que se convierte en nuestra forma constante de adoración, animando cada momento, cada acción, cada palabra, cada aliento de nuestras vidas.

Padre celestial, tanto amaste al mundo que enviaste a tu Único Hijo Engendrado para proveerles a tus hijos la curación para todos los males, manifestando su misma vida bajo las apariencias del pan y del vino.  Te pedimos ahora que enciendas dentro de nosotros el fuego de tu amor, el Espíritu Santo, para que podamos acercarnos a este banquete celestial con un ardiente deseo por tu Vida que a través de nosotros bañe al mundo amorosamente con el resplandor de tu gloria, viviendo el Amor que recibimos.

Su sirviente en Cristo,

Tony

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