El Olor De Misterio

La Solemnidad de la Santísima Trinidad: 6-11-17

La Paz Sea Con Ustedes

El domingo pasado celebramos lo que podemos entender como la culminación de la temporada de Pascua con Pentecostés.  Como vimos entonces, es el envío del Espíritu Santo que nos permite nuestra renovación, transformándonos para que podamos conocer a nuestro Dios aún más profundamente, no primordialmente a nivel intelectual sino a un nivel intuitivo y experimental.  Finalmente, esta manera intuitiva de conocimiento habla a nuestros anhelos más profundos para la vida eterna y la felicidad y supera mucho cualquier alcance cognoscitivo de la vida de Dios, pues mientras que el Espíritu nos atrae a la misma vida de Dios para que podamos alcanzar a participar en ella de una manera muy real aquí y ahora, esta Vida Divina en la que participamos supera mucho nuestro entendimiento, permaneciendo absolutamente misterioso.  Es este misterio en el que nos vamos a tomar un momento este fin de semana para contemplar lo que a su vez nos dará la oportunidad para maravillarnos tanto de la gloria de nuestro Dios como para adquirir una comprensión más profunda de quienes somos como personas humanas creados en su imagen y semejanza.

Antes de comenzar a hablar sustancialmente del misterio que celebramos hoy, es pertinente que mantengamos al frente de nuestra mente que ‘así como el cielo está tan alto por encima de la tierra, así también los caminos de Dios se elevan por encima de nuestros caminos y sus pensamientos de nuestros pensamientos’ (Isaías 55:9).  Esta es la manera del profeta de decirnos que el modo de existencia de Dios es enteramente diferente a la de nosotros y así, cualquier cosa que digamos de aquí en adelante caerá irremediablemente lejos de describir con exactitud el misterio que celebramos hoy.  Porque como nos dice Agustín, “si has comprendido completamente lo que quieres decir, no es Dios.  Si has sido capaz de comprenderlo, has comprendido algo más en lugar de Dios” (Sermón 52.16 cf. Sermón 117.5).  Inmediatamente podemos preguntar, ¿Entonces para que hablar en absoluto? ¿Para qué pronunciar una sola silaba? Pues todo lo que sale de la boca es incapaz de ascender a las alturas del misterio Divino, o de trascender los límites del tiempo para que podamos comprender por un momento la terrible belleza de la Majestad Divina.

Mientras que nadie puede refutar las reclamaciones hechas por tales protestas, el argumento fracasa precisamente porque a través de toda la historia, Dios, en su gracia misericordiosa, se ha dignado a revelarse a la familia humana para que hablen de él, para que podamos llegar a conocer al menos algo de este misterio el cual anhelamos aunque no podemos hablar de él.  ¿Por qué? ¡Porque nos ama! Y “mientras que nada realmente digno de Dios se puede decir de él, él ha aceptado el homenaje de las voces humanas, y ha deseado que nos regocijemos en alabarlo con nuestras palabras” (Agustín, De Doctrina Cristiana, 1.6, 6). Observen por favor ¡el amor insondable de nuestro Dios que se exhibe aquí! No hay honor que podamos otorgarle que aumentaria su grandeza; No hay palabras que podamos hablar para embellecer su gloria; Hacer tales afirmaciones seria de alguna manera proporcional a decir que una hormiga podría entender la forma en que la mente humana funciona, o que los arboles pudieran permitir que la briza contorsionara sus ramas para llamarnos por nuestro nombre.  Sin embargo, él se inclina hacia nosotros, haciéndose conocer para que podamos hablarle precisamente porque sabe que en esto nuestra alegría es completa (Juan 15:11).  Para una vaga comparación, podemos pensar de la manera que nos sentimos en la presencia de alguien que admiramos, o la manera que los jóvenes le escriben una carta a su héroe de deportes; Solo al estar en su presencia o al recibir una respuesta de ellos hace que la piel se nos ponga chinita de emoción.  Toma esta experiencia y multiplícala infinitamente y todavía no sentirás el amor lleno de alegría que nuestro Dios desea concedernos haciendo que lo conozcamos.

Viendo nuestras lecturas para hoy, dos cosas son fácilmente evidentes.  Primero, no nos explican la doctrina Trinitaria.  La razón por esto es simplemente que no se encuentra tal doctrina pronunciada palabra por palabra en ninguna parte de las sagradas escrituras, ya sea en el Antiguo o Nuevo Testamento (podríamos decir lo mismo de la doctrina de la Encarnación tal como la entienden la multitud de los Cristianos).  Por supuesto, esta doctrina sagrada es bíblica, de no ser así, tal creencia sería muy descaradamente herética.  Dicho esto, “aunque este en las escrituras, no quiere decir que cada uno de nosotros somos un juez apto para juzgar si y donde está en las Escrituras” (John Henry Newman, Sermones Parroquiales, Parte 5, Sermón 23).  Esto, obviamente contradice a cualquier línea de argumento hecho por aquellos que insisten en tener toda la doctrina deletreada explícitamente en la Biblia, y que continuamente dicen que “no lo creerán hasta que se les sea probado de las Escrituras, desempeñando el papel de Tomas, que no les creía a sus hermanos Apóstoles que nuestro Señor había resucitado hasta que tuviera la prueba como ellos, y quien dijo “Excepto que yo vea y toque por mí mismo, no voy a creer” (ibíd.).

La dura y simple verdad es que las creencias que constituyen el núcleo de la fe Cristiana no están explícitamente definidas en el texto Sagrado, y por lo tanto, ser un Cristiano creyente en la Biblia que exige que se les “pruebe” desde ahí es una contradicción en términos.  Algunas personas pueden decir, ‘bueno, no está en la Biblia, pero fue anunciado temprano en la vida de la Iglesia, antes de que fuera corrompida.’  Esto colocaría su línea de marcación entre el desarrollo aceptable e inaceptable de la doctrina en 325, con el Concilio de Nicea que pronuncio la doctrina Trinitaria.  Por supuesto esto los deja sin la doctrina que forma nuestra comprensión de la Encarnación, la Unión hipostática, que no fue pronunciada hasta el año 451 en el Concilio de Calcedonia.  Y aquí pueden trazar la línea, y esto les dejaría sin una comprensión de la persona de Cristo y su naturaleza humana y divina como teniendo dos voluntades pronunciadas en el Tercer Concilio de Constantinopla en 680/681.  Mi punto es que el Espíritu Santo cuya venida celebramos el pasado fin de semana, ha estado siempre trabajando educando a la familia humana acerca de quién es Dios a través de la auto-revelación y la inspiración, una revelación que alcanzo su clímax en la Encarnación, pero que con la guía del Espíritu Santo continuamos a y para siempre exploraremos.  Este es el segundo punto que se nos demuestra en nuestra primera lectura y en el Evangelio de hoy.

Nuestra primera lectura para hoy del Libro de Éxodo se localiza justo después del fiasco con el becerro de oro después de la primera entrega de la Ley (capitulo 32 y justo antes de que el pacto con el pueblo de Israel se renovara (capitulo 34:10ff).  Aquí Moisés recibe la Ley en un nuevo conjunto de tablas en el Monte Sinaí en medio de una teofanía.  Como Dios desciende sobre la montaña se nos dice que proclamo: “Yave, Yave es un Dios misericordioso y clemente, tardo a la cólera, y rico en amor y en fidelidad.  El mantiene su benevolencia por mil generaciones y soporta la falta, la rebeldía y el pecado, pero nunca los deja sin castigo…” (Éxodo 34:6-7).  Después de la proclamación, Moisés se prosterna inmediatamente en adoración, pidiendo a Dios que haga a esta gente suya y los acompañe en su viaje a la tierra prometida.  Hay varias cosas importantes que notar en este intercambio y que exploraremos brevemente.

Primero, debemos tener en cuenta lo que está sucediendo aquí.  La Ley se le está entregando a Moisés, el intercesor, y mediador entre el Pueblo de Israel y Dios, y es en el contexto de la entrega de la Ley donde Dios se describe, algo de su carácter, por así decirlo, a Moisés.  Para ser breve, podríamos decir que está describiendo tanto su justicia como su misericordia, que están siempre simultáneamente presentes, y juntos demuestran su amor.  Porque Dios no puede cambiar para decir que está enojado en un instante y amoroso al otro, el simplemente es, como se lo había demostrado anteriormente a Moisés (Éxodo 3:14).  Según como lo percibimos, o como experimentamos su amor entonces depende de nuestro movimiento existencial, no de él.  Consecuentemente, la Ley se convierten revelación permanente, por decirlo así, de estas cualidades de su amor y como debemos de responderle.  La Ley, entonces, no debe de ser vista como una restricción, sino que nos libera para vivir en la relación correcta con Dios.  Este fue precisamente el punto de Pablo cuando nos dice que hemos sido liberados de la Ley, no que no debemos vivir según su enseñanza, sino que debemos vivirla en la libertad del amor.  Después de todo ¿Qué Cristiano diría que deberíamos acabar con el Decálogo? Ninguno, sin embargo, algunos ponen la fe en desacuerdo con la Ley, lo que es impensable para Pablo mismo quien nos dice “obedecer los mandamientos de Dios es todo” (Corintios 7:19).  Así, la Ley siempre ha sido sobre el libre intercambio de amor entre el Creador y su creación.  ¿Por qué? Porque no es un conjunto de reglas, es un pronunciamiento de la manera en que las cosas han sido creadas para ser, como se deben relacionar entre sí en armonía, una realidad cuya descripción alcanzo su apogeo en la Encarnación del Hijo de Dios, quien nos dice que no vino a abolir la Ley sino a llenar la Ley (Mateo 5:17), y que vive y encarna esta harmonía (i.e. entre el Creador y la creación) en su misma persona.

Luego debemos notar la respuesta de Moisés a la presencia de Dios; adoracion atemorizada.  Esto es una expresión de lo que se conoce como temor al Señor.  Es esta respuesta atemorizada que la Biblia nos dice repetidamente que es el principio de la sabiduria (e.g. Salmo 111:10, Proverbios 1:7 y 9:10).  Tomas de Aquino describe la sabiduría como “rectitud de juicio según la Ley Eterna” (Summa Theologiae II-II, q. 45, a2).  En otras palabras, es ver las cosas como Dios las ve.  Así, Aquino continua afirmando que el resultado de vivir de acuerdo con la sabiduría es la paz, y así acopla la sabiduría con la séptima beatitud (ibíd. A.6).  Por lo tanto, reuniendo todo esto, podríamos concluir que vivir con una postura de adoración atemorizada es vivir como un hijo de Dios (Mateo 5:9).

Esto nos lleva al Evangelio de hoy que comienza con quizás el verso mas conocido en toda las Escrituras, que se encuentra en todo, desde decoración del hogar hasta pulseras y zapatos alrededor del mundo, (Juan 3:16).  ¡Así amo Dios al mundo! Le dio al Hijo Único, para que quien cree en él no se pierda, sino que tenga vida eterna”; Un bello pasaje que en sí mismo dice mucho, pero tiene aún más que decirnos cuando se toma en contexto.  En el verso mismo, se nos da un vislumbre de las primeras dos Personas de la Trinidad, el Padre y el Hijo eternamente engendrado.  Además, si retrasemos un poco y observamos el contexto, Jesus le dice esto a Nicodemo como respuesta cuando le dice que “el que no renace del agua y del Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios” (Juan 3:5). Así en el lapso de unos pocos versos, encontramos, en los labios de Cristo ecos de la vida Trinitaria y lo que su amor irrevocable por la familia humana hace, para que puedan aprovechar de la vida al máximo (Juan 10:10).

El Padre envía al Hijo para destruir los lazos que separan al Creador de lo creado y, con estas restricciones destruidas, juntos le otorgan a la familia humana al Espíritu Santo que, al santificar y al justificar une a la familia humana a Cristo, así llevándolos al amor dinámico que es la vida Trinitaria. Así, vemos a tres Personas Divinas; un Padre que no es el Hijo ni el Espíritu, un Hijo que no es el Espíritu ni el Padre, y un Espíritu que no es Padre ni Hijo. Pero en otros lugares, encontramos que el mismo hijo comisiona a sus discípulos a bautizar a todas las personas “en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (Mateo 28:19). Noten que no dice nombres, sino nombre, indicando la unidad entre las Personas Divinas, una pluralidad tal que no se puede entender ni halarse de aparte de la unidad. Encontramos la misma insinuación en Juan, donde Cristo nos dice que el Espíritu lo glorificara, el tomara de lo mío para revelárselo a ustedes, y yo seré glorificado por él. Todo lo que tiene el padre es mío. Por eso les he dicho que tomara de lo mío para revelárselo a ustedes” (Juan 16:14-15). Así, encontramos un Hijo que posee todo lo que es del Padre y un Espíritu que posee todo lo que es del Hijo. Por lo tanto, sin demasiados problemas planteamos una unidad e igualdad entre los Tres. Que terminamos entonces con una pluralidad en unidad, en esencia un Dios pero en Personas tres. Habiendo llegado a este punto, es mejor regresar al silencio de la contemplación, absteniéndose de pronunciar más que un susurro acerca de la asombrosa belleza de nuestro Dios, como un secreto que no nos atrevemos a hablar demasiado alto para que no sea rechazado por una multitud de palabras y desaparezca de nuestra presencia.

Amigos míos, hoy nos acercamos a la presencia de nuestro Dios para reflexionar sobre quién es y que ha hecho por nosotros para que podamos experimentar continuamente el Amor que es su Vida más profundamente. Para sumarizar podríamos condensar todo lo anterior en dos puntos principales. Primero, nuestro Dios es puro misterio. Por lo tanto decir que uno entiende la Trinidad es sucumbir a la tentación del pecado original, i.e. querer agarrar a la divinidad y hacerla nuestra. Segundo y consecuentemente, en la cara de tan abrumador misterio, la única respuesta apropiada es una de temor y adoración. Como Moisés, debemos inclinarnos ante la presencia de nuestro Dios teniendo plena confianza en el mensaje de la Encarnación, y habiéndonos humillado, seremos exaltados junto con el que se hizo uno con nosotros, para poder aprovechar el poder de su Espíritu que nos permite vivir de acuerdo con la Ley del Amor encontrándonos sumergidos de nuevo en el océano del amor infinito de aquí hasta la eternidad (cf. Benedicto XVI, Spe Salvi, 12).

Padre celestial en comunión con tu Hijo, nuestro Señor Jesucristo, te ofrecemos este día la totalidad de nuestro ser como regalo de regalo, implorándote que lo ilumines con el fuego de tu Espíritu para que cada acción realizada y cada palabra pronunciada sea perfumada con el dulce olor de tu amor, envolviendo al mundo con el olor de tu gloria. Amen.

Su sirviente en Cristo,

Tony

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