Construyendo del Suelo Hacia Arriba

constructionXXII Domingo Ordinario: 8-28-18

La Paz Sea Con Ustedes,

Durante las últimas semanas, hemos sido confrontados con la realidad que el camino a discipulado es un camino difícil. Hace dos semanas, escuchamos a Jesús decirnos que amar como Él ama. Muchas veces nos deja en una posición que no es bienvenida por el mundo, y a veces hasta por aquellos más cercanos a nosotros (cf. Lucas 12:53). Luego la semana pasada, nos dijeron que entrar al Reino de los cielos es como entrar por una puerta estrecha, y hasta podríamos decir, poco engañosa, porque como nos explicó Jesús, hasta aquellos que creen que ya han pasado por la puerta a lo mejor quedan sin ser reconocidos por Aquel al que buscan (cf. Lucas 13:27). Estas palabras son difícil de aceptar, así va el Evangelio. Sin embargo, alrededor de estas palabras desafiantes, hay otras palabras que están llenas de esperanza. Apenas la semana pasada, oímos a el profeta Isaías, y a Él mismo, Jesús, hablar de un tiempo cuando todos serian reunidos en paz para dar alabanza a su Dios y para compartir en Su propia vida. Además, hace tres semanas, nos dieron el ejemplo de Abrahán, nuestro padre en la fe, quien por su fe pudo seguir el difícil camino por el que Dios lo había llamado. Hoy, somos confrontados con aun otro mensaje que tiene a la vez aspectos desafiantes y llenos de esperanza.

Si tuviéramos que ponerle una etiqueta temática a nuestras lecturas de hoy, podríamos decir que hoy es Domingo de la Humildad. Ya que la primera lectura y el Evangelio de hoy explícitamente se dirigen a esta virtud. De muchas maneras, este tema liga directamente a la demostración de fe que oímos hace tres semanas. Luego, mientras que se nos presentó el ejemplo de Abrahán en nuestra segunda lectura de Hebreos, oímos a Jesús desafiarnos a vivir en la brecha entre el tiempo y la eternidad viviendo una vida que se basa en la fe, tal como lo hizo Abrahán. Entonces, comparamos a la fe con una viva confianza en nuestro Dios Creador y en Su Palabra revelada, a la vez como fue dicho por los profetas y muy especialmente, como lo vivió el Hijo de Dios encarnado. Yo propondría que si la característica primaria que vemos en exhibición en la vida de Abrahán es la fe, la característica secundaria es humildad, el necesario consiguiente de una verdadera fe.

La palabra humildad viene del Latín, himilis, que significa en o cerca del suelo, que está relacionado con la palabra humus es decir, suelo o tierra. Lo que es interesante, es que ambas palabras están relacionadas con la palabra, homo, que es el Latín para ser humano. Entonces, ¿qué exactamente nos quiere decir el mensaje de este domingo? ¿Qué no valemos nada, que somos tan buenos como la tierra que pisamos? Nada podría estar más lejos de la verdad. En vez, este énfasis en la humildad trata de darnos una visión correcta de nosotros mismos, para ver las cosas como realmente son, especialmente cuando se refiere a nosotros como individuos.

Mencioné anteriormente que la humildad es necesaria como consiguiente a la fe. Digo esto porque la primera consecuencia de la fe en el individuo es romperlos fuera de sí mismos. Tomando una posición de fe, ya no nos centramos en nosotros mismos, colocándonos al centro de nuestras vidas, sino que somos confrontados con el hecho de que no somos el centro del universo, y que hemos sido creados por un Dios que todo lo sabe, es todo poderoso y es todo amor, cuya existencia es a la vez desconcertante e impresionante. En breve, la fe nos pone las cosas en perspectiva, como realmente son. Siendo confrontados con la realidad de las cosas, somos capaces de entendernos a nosotros mismos y vernos en la luz adecuada, esta es la humildad.

Seguro que este mensaje hasta este punto, es algo, por decirlo así, humillante. Después de todo, hemos sido hechos para sentirnos bajos, cerca de la tierra, pequeños. Sin embargo, es precisamente en la realidad, que nos encontramos con nuestro Dios, y al encontrarlo vamos de pequeños e insignificantes a alturas extraordinarias de grandeza. La razón es que es la intención de nuestro Dios de compartir su propia vida con nosotros, como vimos el pasado fin de semana (cf. Hebreos 12:10). Este es precisamente el mensaje que oímos en el centro de la parábola del Evangelio de hoy. Ahí encontramos a Jesús diciéndonos que son aquellos que toman los lugares más bajos en el banquete a los que el anfitrión moverá a una posición más alta de honor a la mesa (cf. Lucas 14:10). El anfitrión no es otro que Él mismo Dios. Los invitados a la cena son la familia humana, los cuales todos están invitados. Aquí no hay comprensión humana de posiciones de poder u honor, porque todos tienen igual posición con respecto a nuestro Creador de acuerdo con nuestra naturaleza. En el mero centro de esta naturaleza se encuentra el imago Dei, la imagen de Dios, lo que nos hace, por nuestra propia naturaleza, capaz de relacionarnos, de una manera única, a Él. El hecho que hemos sido creados de tal manera, es precisamente lo que la humildad nos permite entender, y así poder situarnos como nos corresponde. Habiéndola hecho así, nuestro Dios se acerca, y lejos de dejarnos bajo en la tierra, nos invita a un lugar más alto, a un lugar de honor, cerca de la cabecera de la mesa, cerca de Él.

Este es el efecto de gracia sobre la vida humana. Es la gracia el favor que Dios se complace en otorgar a los humildes de los cuales oímos hablar en nuestra primera lectura de hoy (cf. Sirácida 3:18). La Iglesia nos enseña que gracia es participación en la vida de Dios, compartir de la esencia del Creador con los que llevan Su imagen, y es la humildad que nos dispone adecuadamente para recibir la gracia. Mis amigos, este fin de semana, Dios quiere construir en nosotros algo más, algo más grande de lo que podemos imaginarnos, pero para que este proceso de construcción tome lugar, tenemos que primeramente ponernos al nivel del suelo de la humildad.

Su Sirviente en Cristo,

Tony 

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